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Mostrando entradas de julio, 2014

Fugada

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Las dos hemos llegado sin aliento y con el susto de perder el autobús.

Le hemos dado al conductor los billetes y también las gracias; se nota que ha estado haciendo algo de tiempo para no abandonarnos allí:

—Hale, a tirar para dentro que salimos ya —tiene voz de padre con nietos de camino.

El autobús huele a cremas solares, colonias y sudor. Los demás pasajeros nos miran con los ojos serios, una mayoría de narices quemadas y un silencio triste como la luz que despide el fluorescente del techo.

Nos sentamos. Por lo general no quiero ventanilla porque me marean los edificios, los árboles, la gente y los postes que pasan. Pero hoy me siento y apoyo la cabeza en el cristal.

El autobús empieza a moverse.

La radio nos escupe la canción del verano y los pasajeros nos ponemos más tristes. Se pasó el día. Tan rápido. Y ahora otra paliza de horas en la carretera y a eso de la media noche en casa… Otra vez en casa…

—¿Quieres que empecemos a cenar?

Me lo dice con la voz ronca y algo desinflada, a…