Más allá de la Via Láctea









MÁS ALLÁ DE LA VÍA LÁCTEA


—El próximo fin de semana me voy para siempre.

Miro a Nana sin comprender. Coge el bolsito que lleva bajo el brazo y lo abre. Está a punto de hacerme una jugarreta. Lo intuyo. Lleva meses portándose como una niña; con lo vieja que es.

—¿Te acuerdas de aquel sorteo de la tienda de pinturas? 

Le digo que no. 

Nana se ríe, como cuando da cabezadas mientras vemos culebrones y se sueña pequeña y jugando con su prima la muerta: “¿Jugamos, Juanita?”—murmura entre risas. La misma risa cantarina que escucho ahora. Una risa más joven que ella, una risa que brota de su rostro añoso, de sus pulmones viejos que, a pesar de todo, la vida no está logrando arrugar. 

Saca un billete espacial. El colorido metalizado del impreso relumbra al sol de la mañana. 

—¿Me tomas el pelo? —se lo pregunto enrabiada.

Nana me contempla con estupor. Súbitamente seria.

—¿Te enfadas?

—¿Te vas?

Con el billete en la mano estira el brazo lo máximo posible para enfocar y leer el texto:

—Exoplaneta 556D. Allí me voy. La nave sale el sábado. 

—¿Me tomas el pelo? —se lo vuelvo a preguntar sin que me dé tiempo a camuflar mi tono de súplica, porque sé que habla en serio.

—Jimena, no voy a perder esta oportunidad. ¡Es mi sueño! Nunca pude viajar más allá de la Vía Láctea. 

Hic sunt dracones. ¿Es que no lo sabes? Mas allá, monstruos: dragones, jabalíes con cabeza de pez, no sé, un sinfín de peligros  Quién sabe qué habrá más allá de la Vía Láctea.

Nana se ríe otra vez, con esa risa cantarina que ya estoy echando de menos. 

—Sabes de sobra lo que hay más allá. No seas acientífica, Jimena. Y no trates de meterme miedo.

—¿No tienes miedo?

—No. 

—Pero no podrás volver…

—Todo aquí lo tengo muy visto. Aunque echaré de menos algunas cosas. Tengo que enseñarte las fotos del folleto. Cada setenta y dos horas se ponen dos soles. ¿Te das cuenta? Menos noches que aquí,  luz de sol por partida doble, buenas temperaturas, y al suroeste, donde voy yo, un mar templado con unas playas de arena muy fina y muy blanca.  

—Parece el paraíso, Nana.

—Pero tú estás con cara de dolorosa. Qué boba eres. ¡Que seguiremos charlando por satélite, Jimena!

—Sí, ya, cuando tu exoplaneta no orbite por la cara oculta de alguna luna. ¿Tiene luna?

—Tres. Y siempre hay una llena. Se acabaron las noches oscuras.

 ***

El día que Nana se marchó amaneció soleado, caluroso y con olor a hierba fresca. Nana miraba fijamente la nave espacial, sin parpadear ni prestar atención al sol ni al calor ni al olor de la hierba que aplastábamos camino de la zona de embarque.

Me dio un abrazo rápido para que no la viera llorar.

—Límpiate esos lagrimones, Jimena, que pareces una niña chica.

—Te quiero.

—Y yo. 

Nana se alejó envuelta en su traje de astronauta con su bolsito bajo el brazo. La oí discutir cuando intentaron sin éxito convencerla de que era mejor facturarlo con el resto del equipaje. 

—¡Nana! 

Tuve que gritar más fuerte para hacerme un hueco entre los truenos de los propulsores:

—¡Nana!

Se dio la vuelta y los demás astronautas  se detuvieron también a mirarme.

—¡Nana, te llamaré! 

—¡Ya lo sé! 

Se adentró con paso firme en las nubes de vapor blanco que empezaban a salir de los motores. 
Y así fue como la perdí de vista para siempre.

***
Fue Oliver el que tiró de mi y me sacó del aeropuerto:

—Vámonos a casa, Jimena. Te vas a poner mala ahí quieta, a pie firme, al sol.

El trayecto hasta el coche lo hicimos en silencio. Yo porque no quería volver a llorar y Oliver  porque nunca habla de más. Me cogió de la mano. 

Subimos al vehículo. Nos elevamos por encima de los árboles, por encima de las casas, por encima del aeropuerto que habíamos dejado atrás, medio kilómetro al noroeste. Yo iba con la frente casi pegada a la ventanilla. Tardé poco en localizar la nave de Nana. Se alejó y se alejó hasta que no fue más que un punto brillante como una estrella.

***

Ya he perdido la cuenta del tiempo que llevo sin saber de Nana.

Casi todos los días me siento delante de la emisora:

—Nana, ¿me escuchas? Soy Jimena... Nana, ¿estás ahí? 

Me he quejado al servicio técnico. Han revisado la estación de radio y la antena. Echan la culpa a las ondas eléctricas de las farolas en la avenida. 

Pero no es verdad. He probado a hablar con Nana de madrugada. Cuando las luces ya están apagadas. 

—Hola, Nana. Por aquí estamos bien. ¿Tú cómo estás? 

De los auriculares sale un viento de interferencias que al escucharlo demasiado narcotiza. A lo mejor fue por eso que se me ocurrió probar la telepatía. 

Me conectaron a un amplificador de ondas cerebrales con cables por toda la cabeza. Oliver movía la suya de un lado a otro mientras contemplaba todo el proceso, después de perder la batalla de disuadirme.

—Nana. Soy Jimena. Pienso mucho en ti.

***

Hoy Oliver ha traído una silla de la cocina y se ha sentado junto a mí delante de la emisora de radio. Me he quitado los auriculares y he conectado los altavoces porque cuatro oídos oyen más que dos.

Oliver ha alzado la voz por encima del viento de interferencias que soplaba por toda el cuarto, y  me ha recordado lo bien que cantaba Nana. Yo me he reído acordándome de sus carcajadas. De repente parecía que Nana estaba allí, como cuando venía y se sentaba cerca del balcón a comer los bollitos con mermelada. 

—Qué golosa —ha dicho Oliver sonriendo —. Menudo personaje…

Cojo el micrófono:

—Nana, soy Jimena otra vez. ¿Me escuchas?

Oliver y yo guardamos silencio. El viento de interferencias arrecia.

Una voz de pronto cruza la ventisca.

—¿Has oído? 

Oliver asiente. Yo estrujo nerviosa el micrófono.

—¿Nana? ¿Nana? Eres tú. Soy Jimena. ¿Estás bien?

El viento electromagnético es lo único que resuena por la habitación.

—¿Pero qué ha dicho? ¿La has entendido? 

Oliver carraspea antes de responder:

—A ver, no sabemos si la voz es de Nana. Puede ser de cualquiera. Incluso  de un  crío que juega a comunicarse con extraterrestres. Yo jugaba así de pequeño.

—¡Cómo va a ser un niño! Era Nana. A mi me ha parecido la voz de Nana. 

—Era una voz muy joven, Jimena

— La voz de Nana traducida a impulsos eléctricos siempre ha sonado infantil. No sé por qué. Pero siempre ha sido así. Su voz rejuvenece por teléfono.

Vuelvo a coger el micrófono:

—Nana, no hemos entendido tu mensaje. Soy Jimena. Sigo a la escucha. Por aquí estamos bien. No te preocupes por nosotros.

*** 

Hoy Oliver ha vuelto a sentarse conmigo junto a la emisora. Definitivamente he  perdido la cuenta de los días que han pasado desde la última vez que Nana comunicó con nosotros... 

—No sabemos si era Nana, Jimena.

Suspiro mirando a Oliver. 

—Nana, Soy Jimena. Hoy he comprado fresas. La frutera me ha dicho que esta mañana habías estado comprando melocotones. Me ha dado un vuelco el corazón, de verdad, como te gustan tanto los melocotones... Pero el hijo de la frutera me ha hecho una señal. Me he acercado a la esquina de las verduras, donde se sienta siempre, y cuando su madre pesaba las fresas ha aprovechado para decirme que no le haga caso, que se confunde mucho con las personas, las fechas y hasta los melocotones con las paraguayas. ¿Me escuchas, Nana? 

No responde. Dejo el micrófono en la mesa y miro a Oliver.

—A lo mejor la frutera no está tan confundida. 

—¿Qué?

Me acerco al micrófono:

—Oye, Nana. ¿Y si la frutera no se confunde? Puede que tu doble haya vuelto a la ciudad. ¿Me oyes, Nana? Soy Jimena. Sigo a la escucha.

—¿Una doble de Nana?

—Sí. Y no una doble cualquiera. La doble de Nana atraca ferreterías. Madre mía, no entiendo cómo no te he contado esa historia hasta ahora, Oliver. Una vez, hace ya muchos años…

Un estruendo en la habitación de al lado acalla durante un momento el viento de interferencias. Por unos segundos el suelo tiembla. 

Me agarro al brazo de Oliver.

—Me haces daño.

—Perdona… A lo mejor nos han entrado ladrones. 

—Que no.

Pero Oliver lo ha dicho susurrando. Ha cogido la Menina de escayola que pinté cuando me dio por las manualidades, y avanza empuñándola en disposición de golpear a alguien.

Yo miro alrededor sin saber cómo armarme. Escojo precipitadamente un paraguas de la paragüera y sigo a Oliver. 

La luz del cuarto de invitados está encendida y proyecta en el suelo una sombra extraña. Aguanto la respiración hasta asomarme al cuarto.

La aspidistra de Nana se ha caído y la maceta está rota. 

Oliver da unos pasos hacia el baño para mirar si alguien se ha escondido dentro. Me hace un gesto de película con la cabeza, como diciendo: entra a asistir a la planta, yo te cubro. 

Empiezo a recoger trozos de cerámica, sin dejar de mirar las raíces de la aspidistra ahora tan expuestas. 

Oliver entra en la habitación anunciando que en casa no hay nadie más que nosotros, 

—Esta planta tiene más años que Nana. De ésta lo mismo se muere. Si se entera Nana, qué disgusto. ¿Cómo ha podido pasar? 

—No sé…

—¿Y quién ha dado la luz? Estaba apagada. 

—A ver, Jimena, que te veo venir. Seguro que encontramos una explicación razonable. A lo mejor me he dejado yo la luz encendida.

—¿Te has dejado la luz encendida? 

—… No.

—A lo mejor es Nana. Que nos quiere decir algo. Cómo las conexiones vía satélite están tan mal, se ha puesto en manos de telépatas, como hice yo, y ha logrado esto… 

—¿Así que tú crees que Nana ha asesinado a la aspidistra de su madre para contactar con nosotros?

—Bueno, asesinado, asesinado, no. La aspidistra no está muerta. 

—Los telépatas son una panda de charlatanes. 

***

Hace una semana que replanté la aspidistra. 

Al principio encogió sobre si misma y la punta de una hoja se secó. Al cuarto día amaneció más saludable. Hoy parece recuperada. 

Hace una semana que no enciendo la emisora. 

No me he atrevido a comunicar antes con Nana, porque me habría descubierto en la voz la enfermedad de la planta. 

—Hola, Nana, soy Jimena, ¿me escuchas? 

Oliver irrumpe en medio del viento de interferencias. 

—He cambiado el interruptor de la habitación de invitados. Estaba desgastado. Ya sabemos por qué se encendió. 

—¿Pero cómo cayó la planta?

—Estaría agrietada la maceta, Jimena. Era muy vieja, más que Nana... Tengo que contarte que en la ferretería me han preguntado por ella. El empleado más viejo me ha dicho que aún se acuerda del día que Nana fue a comprar un taladro y el dueño quiso echarla porque la confundió con la atracadora de ferreterías. El día anterior se había llevado parte de la recaudación apuntando al dueño con una pistola. Poco dinero porque el atraco se produjo temprano ¡Es increíble!

Suelto una carcajada.

—Y no sabes la que lio Nana. El de la ferretería se fue corriendo al teléfono, después de llamarnos desvergonzadas, por atrevernos a volver a poner un pie en su establecimiento. Bueno, se lo llamó a Nana porque yo era muy niña, pero si se lo decían a ella era lo mismo que si me lo decían a mí, así que yo también estaba llena de rabia. Nana se fue tras él y yo detrás de ella. Nana le quitó el teléfono, casi le pega con él y con él llamó a la policía diciendo que quería poner una denuncia contra el ferretero por insultarla en público. Nana tenía coartada.  El día anterior, a la hora del atraco, ella estaba en el centro de salud haciendo cola para que le tomaran la tensión arterial. La vio el médico, la vio la enfermera y para colmo la vio el comisario de policía que sufría un ataque de gota y Nana le pisó sin querer. Así quedó demostrada su inocencia.

—Me tomas el pelo. No puede ser cierto.

—Hasta la última de las palabras.

—Qué personaje Nana…

—Al día siguiente el ferretero fue a casa a disculparse. Pero no nos encontró, porque a Nana le preocupaba un poco que hubiera una doble de ella atracando  ferreterías. Así que como era sábado y yo no tenía colegio me llevó a hacer de detective con ella. Dimos con la atracadora enseguida.

—No puedo creerlo.

Me río. 

Ay, Nana, que Oliver no se lo cree… Suspiro divertida como si Nana también estuviera allí.

—¡Que sí! Mira, todo el mundo aquí conoce a Nana. Salir con ella a la calle y tener que pararse cada cinco minutos a saludar a gente es todo uno. Nada más doblar la esquina nos paró la peluquera, muy extrañada de ver a Nana allí cuando acababan de cruzarse en el semáforo de la avenida. Pues allá que nos fuimos nosotras. Estábamos a punto de entrar en una panadería por ver qué pasaba, cuando nos dimos cuenta de que el camarero del café Danubio estaba llamando a Nana.

 <<¡Señora! ¡señora! Se marchó usted tan rápido que se ha dejado la bolsa>>. Le tendió a Nana una bolsa de tela, de color azul, llena de flecos, que a mí me encantó. Nana cogió la bolsa, pero el camarero entornó los ojos con expresión inquisitiva y no la soltó:

<<¿Es usted, ¿verdad?…>> Señaló la cafetería con la mano: <<Es usted la que acaba de tomarse un zumo de arándanos, ¿no…?>> 

Nana puso cara de agente secreto experimentada, y respondió con una naturalidad que me asombró mucho: 

<<Sí. Qué zumo tan rico, con la acidez justa. Gracias por traerme esto… ¿Pero y a usted qué le pasa que no suelta mi bolsa?>>.

El camarero cedió a los tirones de Nana. Se marchó, pero aún nos miró inseguro un par de veces mientras se alejaba. Nana le saludó con la mano muy simpática, y tiró de mí. 

«No abras tanto la boca, Jimena que nos descubren. Y que no se te olvide que no se miente, esto son circunstancias excepcionales».

 Dentro de la bolsa sólo había un bolígrafo, unas pastillas para la tos y la copia de un impreso de Correos. El documento fue la clave de todo. La atracadora de ferreterías era una irlandesa, de nombre Aislinn, que acababa de enviar un paquete a la ciudad de Galway. En el remite constaba su dirección completa. Cuando la policía llegó a su piso solo encontraron cuatro pistolas para sus atracos, que resultaron ser de chocolate. 

—Me tomas el pelo…

Lo niego entre risas.

—La doble de Nana desapareció ese día y nunca más volvió a saberse de ella. 

—Así que Nana tenía una doble que atracaba ferreterías a punta de pistola de chocolate, para llevarse unos botines pequeños a primera hora de la mañana…

Vuelvo a encender el micrófono 

—Nana, soy Jimena otra vez. Oliver no se cree la historia de Aislinn y su bonita bolsa de flecos. ¿Te acuerdas, Nana? ¿Me oyes? Soy Jimena. Sigo a la escucha…

***

Hoy hace dos meses que hicieron la última revisión de la estación de radio. La técnica que vino a casa asegura que la emisora tiene la potencia correcta, la antena la orientación exacta, la modulación es la adecuada y nada impide que mi voz llegue hasta Nana. Lo que ya escapa a su control son los problemas que puedan tener allí para devolver los mensajes.

 Cojo el micrófono: 

—Hola, Nana. Soy Jimena. Espero que te encuentres bien. Desde que te fuiste al suroeste de tu exoplaneta hablo mucho de ti. Es extraño porque cuando cuento tus historias, aunque estás muy lejos, vuelves a vivir aquí. Oliver dice que ahora tienes presencia narrativa. ¿Qué te parece? Soy Jimena, sigo a la escucha…

Me quito los auriculares. El viento de interferencias se extiende por la habitación. He dejado de preguntarle a Nana si me oye. Las revisiones de la instalación están hechas y el resto es cuestión de fe.

©Laura Rivas Arranz
Ilustración base de la portada: GeorgeB2 (pixabay)
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Comentarios

  1. Me gusta el nombre con el que ha bautizado Oliver a ese fenómeno. Estamos hechos de historias, por lo que mientras haya alguien que nos cuente nunca nos vamos del todo.
    Qué bien poder volver a disfrutar de tus cuentos.
    Besos

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    Respuestas
    1. Es que, últimamente no paro de pensar en cómo se funde la vida con la literatura y la literatura con la vida. Cuánto de literatura hay en nuestra vidas y cuánta vida en la literatura. Y sí, cuando nos vamos para siempre dejamos historias. Al final todo es literatura, pero literatura de la buena, de la que está llena de verdad y de vida. Lorena, te mando un besazo enorme y mil gracias por hacerle un hueco entre tus lecturas a mi cuento. Besazo!!!!!!!!!!!!!

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