El día que se rompió el planeta

EL DÍA QUE SE ROMPIÓ EL PLANETA



El día que el planeta se partió en dos yo estaba en el pasillo de lácteos del supermercado. El suelo tembló}. De la estantería frigorífica brotó una cascada de yogures. Me quedé petrificada mirando los quesos semicurados, como si pudieran explicar qué sucedía. 

Una parte del planeta acababa de salir disparada hacia el espacio exterior. Ese día la Tierra perdió para siempre un cuarto de sí misma. 

Dicen los astrónomos más sabios que aquel día un meteoro colosal impactó contra nosotros. Ningún telescopio lo vio venir. La deflagración fue inmensa. Tardaron meses en apagar los incendios. 

Mi calle desapareció casi entera. Ahora vivo en el mismo segundo sin ascensor pero con vistas al final del mundo. 

Ya no está enfrente el edificio de ladrillo rojo, donde vivía aquel chico corpulento que hacía ejercicio en una cinta de correr. Nunca me atreví a saludarle. 

Ya no está el balcón tapizado de madreselvas, que tanto cuidaba aquella anciana vestida casi siempre de fucsia. 

Ya no está la jaula del canario rojo en el mirador de la gestoría. 

Al otro lado de la calle, donde termina el asfalto, ahora no hay más que vacío. El final del planeta es peñascoso y escarpado. Kilómetros y kilómetros de roca contra un cielo infinito que se eleva sobre las cabezas pero también se hunde bajo los pies. 

De noche, cuando al final del mundo no hay mas que cielo negro, es imposible que no asuste la soledad desorbitada de la Tierra en la oscuridad inmensa del espacio exterior. Me acuerdo mucho entonces del canario rojo, de la anciana de fucsia, del chico corpulento y de todos los que ya no están.

Dicen los astrónomos más sabios que nada ni nadie de los que existieron en la cuarta parte de planeta perdido ha podido sobrevivir.

Aún así, muchos fines de semana, quedo con Félix en el ático para sacar el telescopio a la terraza y buscar juntos en el firmamento alguna señal de los desaparecidos.

Corre el rumor de que la radioaficionada que vive dos números más abajo logró establecer contacto unos segundos, más allá de la luna, con la cuarta parte de planeta perdido.

En el vecindario, nos asombra el olvido y la aceleración atolondrada que se ha instalado en las otras calles del barrio, en los otros barrios de la ciudad. A veces, se acerca a nosotros en un torbellino algún vecino de aquellas otras calles para darnos ánimo y compadecernos: 

—¿Pero cómo hacéis para vivir a metro escaso del precipicio, sin llorar a mares ni paralizaros de miedo? 
—Pues lo mismo que tú. Apenas dos calles te separan a ti del precipicio.
—Ah no. De eso nada. ¡De ninguna manera es lo mismo! A mí el precipicio me queda muy lejos.

Volvemos a casa con el llanto atascado en la garganta. Porque es verdad. Porque la proximidad del precipicio nos ha cambiado. Antes, todos nosotros, los que habitamos en lo que queda de esta calle, también éramos capaces de vivir acelerados y atolondrados. 

Impresiona tanto que se rompa el mundo a tu alrededor, impresiona tanto que el final de todo esté tan a la vuelta de la esquina, que ahora somos diferentes.

Nos quejamos al Ayuntamiento muchas veces. Tantas, que por fin nos acordonaron la zona con unas vallas de contención. 

No sirven de mucho. Avisan del precipicio pero no impiden que te caigas por él.

Todos los que vivimos en lo que queda de esta calle entramos y salimos de los edificios con algo de miedo y mucha precaución. Nos hemos acostumbrado a no dar el suelo por supuesto y caminamos despacio.

Desde el día que la Tierra se partió en dos ha transcurrido tanto el tiempo que hemos aprendido a observar el panorama con cierta serenidad, sin desesperación. Todos los que habitamos en lo que queda de esta calle ahora celebramos cada paso nuevo que damos sin caernos del planeta.

©Laura Rivas Arranz
Ilustración de la portada: Cdd20 (pixabay)


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Comentarios

  1. Qué lejos se siente el precipicio cuando no se ve y qué pronto se olvida. Es triste pero es así. Y sin embargo, es cierto que no hay nada seguro y que no se puede dar nada por supuesto. Tal vez los vecinos de esa calle con vistas al fin del mundo sean unos privilegiados por saberlo. Pero no puedo evitar pensar cuánto más feliz se es muchas veces viviendo en la ignorancia.
    Besos

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    Respuestas
    1. Si. Seguro se es más feliz.. De hecho yo creo que ninguno de los vecinos de lo que queda de esa calle pueden vivir sin mudarse unos días, unas horas, a otros barrios más locos. Muchísimas gracias por pasarte y por dejar aquí tus reflexiones, como siempre muy interesantes y dando qué pensar. Besazo, Lorena. Gracias:)

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