La grieta




LA GRIETA


Hace doce meses una grieta partió por la mitad el jardín. La tierra se abrió en dos y emergió de la nada una sima profunda . Han venido a verla dos geólogas, una directora de documentales, un topógrafo, una ingeniera técnica y un espiritista. Nadie me ha dado una explicación. 

Parece surgir bajo el porche. Una fisura leve que se agrava dos metros después. Avanza con dirección noreste matando la vegetación que encuentra en el camino. El tilo que plantó mi padre, las aromáticas que regaba Lili, las hortalizas que cultivábamos Enrique y yo. 

En lo único que coinciden las geólogas, la directora de documentales, el topógrafo, la ingeniera técnica y el espiritista es la importancia de vigilar la brecha.

Lo he intentado. 

De verdad que lo he intentado. 

He caminado muchas veces hasta el tilo muerto. Me he asomado a la orilla izquierda de la grieta. Sale de allí una oscuridad tan densa que deja residuos pegajosos en las manos, en la cara, en el pelo, en lo que sea que haya expuesto a la proximidad del precipicio. Hasta en los ojos se mete una turbiedad molesta que sólo eliminas a fuerza de llorar.  

Desconozco si el oxígeno está siendo devorado en lo hondo por un silencio profundo, o si es la escasez de oxígeno la que devora los sonidos hasta que no hay nada más que silencio al fondo. Lo único cierto es que al aproximarme a la grieta se vuelve fatigoso respirar. 

Hace ocho semanas decidí enfrentarme a la negrura pringosa y su atmósfera viciada. 

Me armé de valor y de un flexómetro. 

Llené los pulmones de todo el oxígeno que pude, y medí trescientos sesenta y cinco milímetros de abismo profundo desde la orilla izquierda hasta la derecha. 

Estuve a punto de perder pie. Pasé tanto miedo que no he vuelto a medir la brecha. 

Desde entonces la ignoro. 

Debería vigilarla. Pero la ignoro.

A veces, tengo la impresión de que la grieta es más ancha.  Suelo mirar entonces el seto de aligustre que existe desde antes que yo naciera. Que siga sano y frondoso me da esperanza. La grieta no puede ser tan dañina.

Algunas mañanas, cuando me despierta la nostalgia de otro tiempo sin fisuras, evito el jardín. Salgo por el patio trasero y procuro no regresar a casa antes del atardecer. 

Hace tres días vino a verme Félix. Hola, Félix. A nadie le gusta visitar terrenos propensos a fracturarse. Pero tú vienes. Salvas de una zancada la brecha del jardín y llamas a la puerta como si nada. Gracias, Félix. Sólo él sabe que a la brecha del jardín le descubrí un posible origen más allá del porche. Sólo a él le he contado que la fisura del porche puede que se críe a dos metros bajo tierra en la oscuridad del sótano. Allí abajo también se han abierto fisuras. Nadie más lo sabe.  A veces hasta yo lo olvido y él me lo recuerda.  

No quiero bajar al sótano. 

Hay un problema de cableado eléctrico que funde todas las bombillas. El sótano está siempre en tinieblas. 

Existe un respiradero, a todas luces insuficiente, incapaz de dar salida al revuelto de olores, a las nubes de polvo que al menor movimiento me acorralan.

No quiero bajar al sótano.

Una vez, deserté tan rápido de mi guerrilla contra el sótano que en la huida a tientas, escaleras arriba, me llevé por delante una estantería. Se hizo añicos un frasco de colonia. Desde entonces el sótano huele a Lili.  

No quiero bajar al sótano. 

Félix me ha regalado una linterna de montañero. Es potente. Capaz de iluminar seiscientos metros a lo largo. Lo mío no son más que cuatro metros cuadrados de sótano tenebroso, así que tiene que bastar. La linterna es resistente a salpicaduras de frascos viejos y tiene un modo SOS, por si me quedo atrapada en el sótano. No he tenido más remedio que convenir con Félix que se me acaban las excusas. 

He tomado la decisión: debo bajar al sótano y vaciarlo. Es la única forma de que las geólogas, la directora de documentales, el topógrafo, la ingeniera técnica y el espiritista estudien las brechas del sótano.

Las determinaciones impulsivas y valerosas son fáciles en presencia de Félix. Luego, cuando se va, siempre me acobardo un poco.

He retrasado hasta hoy mi descenso al sótano. 

Abro la puerta de madera conglomerada, empuño la linterna, bajo despacio la escalera. 

Huele a Lili. A Lili que está ya tan lejos. Me detengo desanimada en mitad de la escalera. Está todo tan revuelto. 

Pongo los pies en el suelo, me alejo dos pasos de la escalera, pierdo amarras, voy a la deriva, que sea lo que dios quiera. 

La regaderita con ojos de Lili me mira sonriente a la luz de la linterna. Me distrae la pelliza que mi padre dejó prácticamente nueva. No entiendo qué hace aún en casa, embalsamada en naftalina, colgando del perchero. Me alejo. Enfoco con la linterna el suelo. Acabo de dar un puntapié a los monstruos de colores que jugaban al corro al fondo del plato sopero de Lili. Doy otra patada al plato de plástico. Lamento mucho haber contagiado a Lili la creencia absurda en los monstruos buenos. Perdóname, Lili. Perdóname. 

Doy un paso atrás. Un saco colgado de una punta en la pared cae estrepitosamente al rozarlo con el codo. La pala, el rastrillo, la azada, las tijeras de podar y los guantes que utilizaba Enrique cuando se las daba de jardinero salen a la luz formando una tormenta de polvo. Así que era aquí abajo donde las dejó colgadas sin que le importara nada y sin mirar atrás.

Fuertes embates de olor a Lili inundan por momentos el sótano. Flota a oleadas el perfume químico de los pesticidas que momifican la pelliza. La borrasca de polvo arrecia en cuanto me muevo. 

Toso medio ahogada. Tengo que volver a la superficie ya. Avanzo aturdida. 

Tropiezo con objetos viejos. El inflador de globos, el tocadiscos blanco, la polaroid de mamá. Voy enredándome en historias que suponía muertas. Me arrastran sótano adentro. No hay forma de salir.

Me repito el consejo de los socorristas. Mantener la calma, no malgastar fuerzas resistiéndose a las corrientes de resaca, nadar en paralelo a la orilla hasta escapar.  

En paralelo a la orilla. 

La única manera de salir de aquí es quedarse. 

Me siento en el suelo. Entre trastos de los que debí despedirme hace años. Me da tanta pena verlos que empiezo a llorar. Un llanto tan viejo como los trastos. Un llanto a destiempo, pasado de fecha, en un estado tan malo que tengo ganas de vomitar. 

Cuando recobre un poco las fuerzas impondré algo de orden aquí abajo. Haré limpieza. Tiraré casi todo. Porque nada va a volver. Nada vuelve. Tengo que dejar de esconder esta realidad en el sótano.  Debo tirar todo lo que ya no sirve a nadie.

Cómo no se va a romper el suelo con semejante concentración de objetos, de olores, de ausencias. Pero cómo no se va a partir en dos la tierra del jardín, si vivo sobre un sótano en erupción que he querido reprimir cerrando una puerta de madera conglomerada.

Cuando yo esté mejor, cuando el sótano esté mejor, más limpio y ordenado, llamaré a las geólogas, a la directora de documentales, al topógrafo, a la ingeniera técnica y al espiritista.

Tengo que llamar a Félix para contárselo.


©Laura Rivas Arranz
Ilustración de portada: Scarlet_Letter (Pixabay.com)

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Comentarios

  1. Sí, hay esperanza. Parece que Félix, el saneamiento del sótano y un duelo en condiciones cicatrizará esa grieta abierta. Un placer leerte, Laura.

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    1. Hola, Carmen! A veces los sótanos se desmadran. Pero aún así, hay esperanza:) Me alegra mucho que te haya gustado. Muchas gracias por pasarte, por el tiempo de leer y por dejar aqui tu comentario!!

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  2. «La única manera de salir de aquí es quedarse». Qué gran verdad encierra esta frase pero es tan difícil encarar los miedos.

    Todos tenemos sótanos de objetos, aromas, voces, recuerdos, anécdotas. Son nuestras vivencias que deberíamos saber dejar atrás, en las que están nuestros seres queridos que ya no están o que han bifurcado sus vidas de las nuestras.

    Hoy he leído en un libro de tu adorada Carmen Martín Gaite esta frase: «Crecer es empezar a separarte de los demás, reconocer esa distancia y aceptarla». Tu relato me la ha recordado. Cómo nos cuesta a algunos crecer. Pero el crecimiento es ley de vida y si no dejamos espacio a lo que está por venir es normal que se produzcan grietas.

    Claro que lo que está por venir nos lanza de cabeza a un nuevo abismo.

    Me ha gustado mucho. Un abrazo

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    1. ¡Hola, Lorena! Es verdad, asi vivimos, afrontando con sus dificultades los sótanos viejos y los abismos nuevos. Qué sabia la Gaite. Es verdad que es dificilísimo crecer. Cómo cuesta reconocer esa distancia, y luego ya aceptarla y seguir adelante pues no digamos. Pero así es. Muchas gracias, Lorena por dedicar tiempo a explorar está grieta y por dejar aquí tus impresiones ¡otro abrazo para ti!

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