Valentina está decidida a matarse



VALENTINA ESTÁ DECIDIDA A MATARSE


El reloj de la catedral da las ocho de la tarde. Valentina cierra los ojos como si pudiera amortiguar de ese modo el estruendo de las campanas. Tan cerca está de ellas que podría rozarlas con sólo salir del escondrijo y caminar dos pasos.

El vigilante acaba de subir a comprobar que en lo alto de la torre no queda ya nadie. No ha visto a Valentina. Está encogida, detrás de una gárgola con cuerpo de pájaro, cabeza humana y la boca muy abierta en torno a un grito mudo, tenebroso e inmenso.

Valentina sabe mucho también de gritos silenciosos y de sufrimientos como piedra.

Está decidida a matarse.

Cuando todo esté en calma, saltará de la torre. Todos los sufrimientos y todos los gritos se harán por fin pedazos. Qué gran descanso.

Veinte horas y cuarenta y cinco minutos por su reloj de pulsera.

Se incorpora y camina hacia la balaustrada de piedra.

Lejos, casi al ras del río, el sol inunda la tarde en resplandores amarillos y naranjas. Se van rosando los estratos grises que han amenazado de tormenta el día.

Valentina contempla su último atardecer, como si ese espectáculo de nubes rojas, rosas, naranjas las hubiera criado la atmósfera sólo para ella. Se le humedecen los ojos al reconocerse propietaria del espectacular crepúsculo; como si en el mundo no existiera nadie más y nada más que Valentina y su tristeza...

Frente a Valentina, tres nubes de color gris centellean casi metálicas desafiando a los colores del atardecer. Son tres preciosas nubes lenticulares. Valentina las reconoce porque, en clase, el profesor de física ridiculizó a las gentes que confunden estas nubes con los ovnis.

De pronto, un rayo incandescente sale de una de las preciosas nubes lenticulares y explota en medio de la plaza. Valentina abre mucho los ojos y la boca. De las otras dos nubes caen mas rayos.

En la plazuela, la gente chilla, huye. Entre la niebla densa y los truenos de las explosiones, llegan hasta la torre alaridos desesperados, peticiones de socorro, nombres de personas que no responden. Un rumor en su conjunto aterrador que Valentina reconoce porque no ha empezado justo ahora...

Antes, desde su escondrijo tras la gárgola, ha estado oyendo el espantoso rumor sin escucharlo.

Ha debido de desatarse poco después de las ocho campanadas. Pero ella siguió igual, encogida tras la gárgola, sin darse cuenta ni prestar atención al ataque mortífero de tres nubes sobre la plaza.

Valentina detrás de una gárgola, insensible al sufrimiento de los demás, en lo alto de la torre, con la boca muy abierta alrededor de su propio grito, como la gárgola.

Valentina tiembla.

Respira hondo. Se arma de valor.

Va a bajar de la torre y saldrá a luchar a la plaza.

©Laura Rivas Arranz
Fotografía: Counselling (Pixabay.com)







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