Claros del bosque

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Claros del bosque


Cayó la noche hace tanto tiempo, que pienso con demasiada frecuencia en los últimos rayos de sol que me templaron la vida.
 
Era jueves. Caminaba por la Avenida de Poniente. Crucé a la acera de las sombras con despreocupación, como si la luz del sol fuera a estar para siempre al otro lado. Entré en aquella oficina asfixiante y llena de gente silenciosa. Esperé mi turno. Me entregaron un sobre. Al abrirlo se formó una atmósfera de nubarrones y desgracias, que desde entonces acorralan ya siempre a una luna menguada. La vida oscureció.
  
Me desorienta tanto esta oscuridad, que aún no me explico cómo terminé adentrándome en este bosque; cómo no di media vuelta cuando aún estaba a tiempo; cómo acabé vagando entre estos árboles negros, estas ramas huesudas, este frío nocturno, estos pájaros sin empatía que gorjean canciones a pulmón pleno en mitad de mis noches.
  
Miro las nubes negras. Otra vez enterrarán hoy lo que me queda de luna. Estallará otra tormenta.
  
Respiro profundo. He de escapar. Llevo meses — no; años— tratando de escapar. He de escapar. Debo escapar.
  
Tomo una bocanada de aire frío y reanudo mi búsqueda del final del bosque.
  
Decido caminar hacia el Este porque ayer explore el Sur.
  
Voy arrastrando la mirada por este terreno irregular, pantanoso, árido, movedizo, duro, para ver hasta dónde es posible andar sin tropezar con raíces inflamadas, viejas que afloran por cualquier parte.
  
No puedo sobrevivir más a base de moras.
  
Tengo que salir de las sombras, viajar hasta el mar y esperar el amanecer en una tumbona sin desconfiar de la puntualidad del sol.
  
Sin preocupaciones.
  
Sin estas preocupaciones.
  
Sin tener que pensar qué comeremos, dónde cavaremos la próxima letrina, qué terreno emboscará mejor nuestros camastros y cuánto tardarán los aullidos de los lobos en despedazarme los sueños.

Me detengo, porque a la menguada luz de la luna descubro el girón de un pañuelo que até ayer a la rama de un árbol. Tomo otra bocanada de aire frío antes de aceptar que otra vez camino en círculos.
  
No avanzo.
  
Sólo doy vueltas y vueltas alrededor de lo mismo.
  
La certeza de que tardaré largo tiempo en salir de aquí me ahoga.
  
Me fallan las piernas.
  
La raíz vieja de un castaño me roza la rodilla ofreciendo asiento. Lo acepto.
  
Lo acepto.
  
Acepto que hay bosques de los que no se debe escapar. Acepto que es mi obligación vivir este bosque entero hasta el final.
  
Miro de frente el horizonte.
  
Al principio recelo de un resplandor dorado que descubro a lo lejos entre dos árboles negros. Serán los faros de algún camión o de coches que circulen por la autovía...
  
Espero.
  
Un punto incandescente aparece sobre la línea del horizonte. ¿Será el sol? Me muevo hacia la derecha para quitarme de delante los dos árboles negros. Resplandores rojos, naranjas se propagan. Un nubarrón se incendia y toda su oscuridad se abrasa. ¿Será posible que esté saliendo el sol?
 
©Laura Rivas Arranz
Portada: Fotografía: pellini (web: morguefile)



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