Veinticuatro horas en la vida de una mujer sensible de Constance de Salm


Una novela sobre los peligros del monólogo en el amor.

Un adiós pronunciado con prisas por el amante de la protagonista es el pistoletazo de salida para una carrera desbocada de cuarenta y seis cartas sin respuesta dirigidas al hombre amado.

En el silencio de la ausencia, “la joven dama” va descubriendo/construyendo una realidad en la que se va ahogando.

“Vuestra ausencia, vuestro silencio, son inexplicables”

Lo único claro de estas cuarenta y seis cartas sin respuesta es que entre monólogos el amor se destruye. El silencio es contrario al amor. Si uno tiene que hablar solo, si no hay diálogo, el amor salta por los aires.

De los despojos del amor también trata esta novela. De los celos, del control, de la pérdida del orgullo, de perder la independencia y hasta la vida propia.

“No he conseguido dibujar dos trazos seguidos, y vuelvo a ti. Si bien es cierto que las Artes exigen un corazón ardiente, también requieren una mente libre.”

Las relaciones entre la imaginación y el amor también se exploran en esta historia. A lo largo de sus páginas las suposiciones, las imaginaciones, los recuerdos desencadenan los hechos. Unos hechos que no vamos a desvelar aquí; hay que leer esta novela. A lo largo del texto es inevitable preguntarnos una y otra vez: ¿cuánto de imaginación hay en el desamor de la protagonista? Y al terminar el libro una no puede evitar poner la pregunta del revés: ¿Y cuánto de imaginación hay en el amor?




Parece mentira que en un libro tan pequeño pueda caber un libro tan grande.

Algunos amores nos convierten en la peor versión de nosotros mismos. Y habría que plantearse por qué. Quizá convertimos el amor en necesidad, en un mito a alcanzar a toda costa. Lo hacemos el centro de nuestra mundo. Después, el amor se va y nos deja un universo sin estrellas, ni sol, ni planeta alrededor del que girar.

No sé por qué se me mezclan tanto el amor y la astronomía. Cosas de la gravedad supongo...


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