Humo de gofres


humo de gofres tren cuadrado 2
 

HUMO DE GOFRES

Hace quince años no sabía que la vida va oscureciéndose, arrugándose, defraudándote y encogiendo hasta un punto que o sales fuera a respirar, o te ahogas sin remedio en lo profundo de la locura. Comprendo que existirán otras formas de salir fuera a respirar, pero yo sólo me he encontrado ésta: coger un tren al pasado.
 
Los viajes en el tiempo son para perdedores. Nadie lo dice abiertamente pero todos lo piensan. Algo avergonzada acaricio mi billete de tren en el bolsillo del abrigo. 
 
Resuenan mis pasos en los subterráneos bajo las vías. Hoy no hay casi viajeros en la estación. Será porque es entre semana…
 
Sin vacilar, tuerzo a la derecha y subo la escalera hasta el andén número cuatro. Siempre salimos desde el cuatro. El sol de esta mañana habrá empezado ya a templar los bancos y no pasaré frío mientras espero el tren.
 
Tomo asiento.
 
Desvío los ojos de los de una mujer que conozco y que me mira. Finjo interés a lo lejos, en las vías, como si el tren viniera ya.
 
No viene…
 
—Hola…
 
—Hola. No es muy conveniente que nos vean juntas…
 
Me ha salido tono de imitación mala a frase de película. Creo que en realidad no importa mucho que se nos vea juntas. Se lo he dicho para quitármela de encima. Para no escuchar más sus lamentos. Los depresivos molestamos. Y ella también lo es.
 
Con los viajes temporales pasa lo mismo que a los niños con los aparatos caros, los adornos de cristal y los dulces antes de comer: que se miran pero no se tocan. El Pasado se contempla, se observa, se analiza, pero no se cambia. No se coge nada de allí, no se deja allí nada y no se habla allí con nadie. Son las reglas.
 
Ella y yo nos hemos saltado las reglas.

 
Yo me bajé en el pasado de ella y hablé con su hermano muerto. Ella se bajó en el mío y habló con mi novio ausente —mi exnovio. Me tengo que acostumbrar a llamarle exnovio; o mejor a no llamarle…—.
 
Dos extrañas en un tren se confunden de parada; ¿qué sospechas vamos a levantar? Ninguna. Además que no ha habido la menor consecuencia. Su hermano debe de seguir muerto —si no, ella no estaría ahora en el andén con esa pinta de alma en pena — . Y mi novio —quiero decir, mi exnovio— sigue ausente.
 
Nos hemos saltado las reglas y no ha servido de nada. Todo sigue igual.
Nada cambia.
 
Nada cambia…
 
La miro confusa. No sé si la recuerdo más por ser la extraña del tren, o la extraña que se cruzó conmigo por la calle un día lejano y me recomendó con entonación de sabia hablar más y discutir menos con mi novio… Cumplía el encargo que acababa de hacerle en el tren: darme un toque de atención a mi yo del pasado para intentar impedir el final desastroso que ha tenido la relación con mi novio. Recuerdo que aquel día lejano, la expresión bondadosa de la extraña y su tono condescendiente —como de saber sin la menor duda lo que me deparaba el futuro— me molestaron muchísimo. La etiqueté como desconocida metomentodo y la olvidé...
 
Aquel día lejano habló conmigo y también con él.
 
A saber qué le dijo a él.
 
Podría preguntárselo ahora.
 
No.
 
No me importa.
 
Además, fuera lo que fuera no ha funcionado.
 
La extraña medio llorosa acaba de sentarse a mi lado:
 
—¿Se arregló lo tuyo?
 
Niego con la cabeza.
 
—Lo mío tampoco. Ni avisándole con tiempo pudo evitarse. Yo pensé que todo cambiaría. Que haciendo algo distinto no moriría…
 
—Ya… Habla bajo.
 
Le digo eso por no decirle que se calle. Los tristes somos gente muy egoísta; nos cuesta ceder espacio a las desgracias ajenas por grandes que sean…
 
La extraña saca un pañuelo del bolsillo. Lo llena de mocos.
 
—Lamento lo de tu hermano…
 
Ella asiente en silencio.
 
Nos quedamos mirando al frente; a la vía dos.
 
Allí hay más pasajeros que en nuestro andén. Debe de ser que viajar al Futuro —aunque también tenga sus detractores— es más popular que volver al Pasado. Los viajeros son más joviales, más sociables, más valientes y más sanos. Basta comparar ese andén con el nuestro para darse cuenta.
 
Un hombre de edad confusa e indumentaria rotundamente juvenil camina por nuestro andén, cinco pasos a la derecha en paralelo a las vías, da media vuelta, continúa otros cinco pasos a la izquierda, da media vuelta, se detiene para frotarse la cara tres veces como cerciorándose de estar bien afeitado, nos mira de reojo y vuelve a comenzar toda la serie.
 
Yo, con el rostro descolorido y ojeroso por dormir poco y el cuerpo flaco de comer menos, me remuevo en el asiento junto a la extraña llorosa, y finjo que no tiene importancia estar contando sin parar los pasos que da el hombre de la edad confusa...
 
A los tres nos alcanza un rumor luminoso de charlas entre viajeros con destino al Futuro. Nada que ver con el diálogo oscuro y medio escondido que estamos sufriendo la extraña llorosa y yo...
 
Desde el andén número dos llega hasta nosotros una carcajada.
 
¿De qué se reirán?
 
Porque si están ahí pendientes de un tren al Futuro será que tampoco ellos soportan el Presente…
 
Pero el Futuro no les da miedo…
 
A lo mejor por eso ríen.
 
—¿A dónde vas hoy?
 
Me quedo en silencio unos segundos antes de responder:
 
—A donde siempre.
 
Yo no viajo lejos. Sólo unos pocos años. Siempre los mismos.
 
Mientras se guarda el pañuelo en el bolsillo, me cuenta que ella siempre viaja a destinos diferentes. Le gusta ver distintas épocas de su hermano…
 
Me lo quiere explicar más, pero nos interrumpe el aviso de la inminente entrada en la estación de nuestro tren.
 
La extraña llorosa se pone en pie y escruta el horizonte con impaciencia.
 
La inercia de su movimiento al principio me arrastra. Hasta que me explota un desaliento tan grande por dentro que me paralizo y tengo que seguir sentada. Otra vez esos años. Los mismos años. Siempre los mismos...
 
Sólo con recordar el olor a ambientador del tren, el estómago se me revuelve. Además me da miedo la estación de destino. Tan mal iluminada y con tres mendigos borrachos en la puerta de salida que nos gritan siempre cosas a los que nos apeamos allí. Y luego está el aire, ese aire del Pasado, tan denso.
 
O quizá no es el aire y la culpable es la humareda del puesto de gofres de la avenida. Se expande por el aire. Yo me siento en un banco, medio emboscada entre los árboles, a observar cómo nos acercábamos de la mano a comprar los gofres, y los pulmones envueltos en humo me escuecen al respirar.
 
El minuto ochocientos cuarenta y uno del veintidós de febrero siempre es controvertido. Tanto, que después de contemplarlo una y otra vez empiezo a dudar si estuvo lleno de felicidad o de desolación.
 
Dependiendo del día que tenga, llego a una conclusión diferente…
 
El Pasado se contempla, se observa, se analiza, pero no se cambia. No cambia. Eso nos dicen.
 
Pero el mío cambia.
 
Un poco...
 
De tanto contemplar, observar y analizar, de tanto caminar detrás y hasta perseguir a la pareja que éramos, ya no sé si fuimos felices, si no lo fuimos, ni si hubo entre nosotros algo más que humo de gofres.
 
Si al final va a ser cierto que todo depende del punto de vista. Que los hechos tienen más que ver con la interpretación que podamos darle que con una verdad absoluta.
 
Tienen razón los detractores de los viajes temporales y su asociación en defensa del Presente: viajar en el Tiempo es una ficción. El eslogan suena extremo. Pero cuanto más viajo yo al Pasado, cuanto más contemplo algunos hechos, menos segura estoy de su significado real.
 
En el tren de regreso al Presente, cuando me apoyo en el respaldo del asiento, agotada, hambrienta e intentando espantar una vaga sensación de mareo, cierro los ojos y me doy cuenta de que los momentos que he visitado los voy montando de manera diferente, dependiendo de cuánto ánimo me queda, cuánto valor, cuánta esperanza... Montaje, narración, ficción.
 
No puedo evitar que los nublados de ahora se suban al tren conmigo, lo llenen todo de sombras y conviertan mi viaje en un cúmulo de adivinanzas que no sé resolver: ¿me quiso? ¿no me quiso? ¿le quise? ¿no le quise? ¿quién era él? Y lo que es todavía peor: ¿quién era yo? Porque, según el día que tenga, mi yo del pasado me disgusta tanto que creo que lo aborrezco.
 
Y entonces, ¿para qué voy…?
 
Ya veo el tren.
 
Golpetean las ruedas contra las vías igual que las de una camilla contra el suelo de un hospital. No me encuentro bien. Estoy cansada.
 
Estoy muy cansada de dar vueltas y vueltas alrededor de él y de mí, como si nada más en este mundo importara. Estoy harta de ser tan cobarde. Harta de salir huyendo en tren de la oscuridad y del frío que arrasan a ratos mis días.
 
—Me he equivocado de batalla.
 
Lo he pensado mientras me levantaba del banco, y además se lo he dicho a la extraña llorosa que me mira sin comprender.
 
—¿Qué dices?
 
—Que me rindo. Que tenemos que aprender a encajar derrotas, a aceptar despedidas, a estar solos y a dejar de buscar explicaciones y fantasmas.
 
—Oye, mi hermano no es un fantasma.
 
Me lo dice enfadada.
 
—Pues mi exnovio sí.
 
Se lo he dicho un poco para que se ría y otro poco para que me dé tiempo a abrocharme mejor el abrigo y a ajustarme la bufanda para enfrentarme al frío.
 
La extraña llorosa se ríe.
 
Yo también.
 
De la oscuridad y el frío mejor no huir ni quejarse ni emprender viajes temporales a destinos más cálidos.
 
—Oye, ¿te apetecen unos gofres? Hay un puesto en la avenida donde los hacen deliciosos. Hace tiempo que no voy y ya va siendo hora de que vuelva.
 
Las puertas de los vagones se abren. Sólo sube el hombre de la edad confusa. La extraña llorosa me mira indecisa.
 
—Pero perderemos el tren.
 
—Pero no perderemos el día.
 
El tren toma la decisión por ella. Cierra las puertas y empieza a moverse.
 
Cualquiera de los viajeros que mire hacia nosotras desde el andén número dos, podrá ver que echamos a andar con urgencia, que casi corremos hacia las escaleras de salida…
 
Aunque no nos lo hayamos dicho, las dos tenemos prisa por salir del andén antes de que el tren que hemos perdido regrese a la estación.
 
No nos da tiempo.
 
Ninguna de las dos podemos evitar quedarnos paradas y mirar a las vías.
 
El hombre de la edad confusa desciende del tren. Camina despacio.
 
De los viajes en el tiempo se vuelve siempre tan cargado de pesos, que poner un pie en el Presente requiere de grandes esfuerzos.
 
A la vuelta de los billetes de tren recomiendan, en letra pequeña, veinticuatro horas continuadas de sueño para favorecer una aclimatación saludable a la vida actual…
 
Lo que no dicen a la vuelta del billete es que una vez finalizada la cura de sueño puedes no aclimatarte, puedes desarrollar algo de intolerancia al Presente, y empezar a vivir nada más que para volver.
 
El hombre de la edad confusa nos alcanza. Nos mira. Parece que va a decir algo pero sólo expulsa aire sin hablarnos. Se detiene al borde mismo del primer peldaño y se sujeta al pasamanos. Da la impresión de estar sopesando tirarse por las escaleras.
 
—¿Te encuentras mal? ¿Te has mareado?
 
Las dos esperamos alarmadas la respuesta.
 
—No me sienta bien viajar en estos trenes. Pero no me ocurre nada… Gracias.
 
Empezamos a bajar las escaleras.
 
El hombre de la edad confusa va tan inclinado que parece precipitarse al vacío a cada paso.
 
Salimos de la estación. El hombre de la edad confusa desaparece en el interior de un taxi.
 
Una ráfaga de aire frío nos atraviesa pero ninguna de las dos nos quejamos. Echamos a andar hacia la avenida por la acera del sol.



©Laura Mª Rivas Arranz
Fotografía: Jusben (morguefile.com)

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Comentarios

  1. La memoria es caprichosa y hace que nuestros recuerdos no sean fieles a la realidad. Tal vez ese momento que para ella fue tan especial y al que vuelve una y otra vez para el exnovio no tuvo un gran significado. Me gusta que se vaya a comer gofres en el presente. Hay que crear recuerdor nuevos para esos gofres, para que su humo no traiga olor a lo que ya no será más.
    Y otra cosa. Yo creo que los viajeros al futuro ríen para enmascarar lo asustados que están. Porque el futuro da vértigo. Y así, entre el miedo al futuro y el lastre al pasado se nos pasa el presente y ni nos enteramos. Así que a perder el tren para no perder el día.
    Me ha gustado mucho.
    Besos!!

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    1. Es fuerte eso de que un momento especial para uno pueda no significar nada para el otro, pero es verdad, al final es todo subjetivo y la realidad seguramente tiene tantas verdades como personas. Me alegra muchísimo que te haya gusta, Lorena. Un beso para ti también y mil gracias por dedicarme tiempo otra vez más!!! :)

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  2. Con los viajes temporales pasa lo mismo que a los niños con los aparatos caros, los adornos de cristal y los dulces antes de comer: que se miran pero no se tocan. El Pasado se contempla, se observa, se analiza, pero no se cambia. No se coge nada de allí, no se deja allí nada y no se habla allí con nadie. Son las reglas.De tanto contemplar, observar y analizar, de tanto caminar detrás y hasta perseguir a la pareja que éramos, ya no sé si fuimos felices, si no lo fuimos, ni si hubo entre nosotros algo más que humo de gofres.

    Si al final va a ser cierto que todo depende del punto de vista. Que los hechos tienen más que ver con la interpretación que podamos darle que con una verdad absoluta.

    Tienen razón los detractores de los viajes temporales y su asociación en defensa del Presente: viajar en el Tiempo es una ficción. El eslogan suena extremo. Pero cuanto más viajo yo al Pasado, cuanto más contemplo algunos hechos, menos segura estoy de su significado real.
    —Pero perderemos el tren.

    —Pero no perderemos el día.
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    Laura... lo anterior es el hilo conductor.El grueso de la batalla. Te has preguntado si los dialogos del escrito pueden ser suficientes para ganar o mejor para dar esta batalla...
    Me ha gustado mucho , pero no puedo entonar bien este canto, la partitura es demasiado dificil para cantarla de un tiron, comprendes lo que intento decirte...
    Creo que necesita un ritmo mas adecuado entre sus distintas partes, ya sabes, las fusas, semifusas, blancas, redondas, etc...tienen que coordinarse con melodia para que salga bien el aria final, o si lo prefieres, el Leader que has compuesto, de una manera armonica.
    La soprano pone la voz, el compositor la partitura.
    Se necesitan dos para hacer opera, y ambos son necesarios.
    Gracias.

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    1. Bueno, lo que entiendo es que parece que le encuentras un problema de ritmos y armonías. Pero me alegra que lo hayas leído y que hayas querido dejarme tus impresiones. Apuntadas quedan, kolibri y bienvenid@ al blog!

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  3. No...es la intensidad de la narrativa y la falta de intensidad del dialogo lo que te digo.
    Aunque esto pueda parecer bueno, por distinguir dos maneras de expresar una idea por escrito, si la narrativa es tan densa que te atrapa intentando asimilarla, y de repente cortas esa sensacion con un dialogo que llega con poca fuerza, el resultado es que pierdes interes, y no te explicas porque no se armoniza mas todo el conjunto. Esto es, el uso de la longitud de las frases,el uso de adjetivos y sustantivos, la puntuacion, la hiperbole, la parafrasis, y la semantica no dan el ritmo necesario para que sea un escrito mas redondo...a eso me referia.
    Saludos

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    1. Bueno, me voy a justificar un poquito, Kolibri :P no estoy muy de acuerdo con eso que dices de los diálogos. A mí lo que me gusta es contar historias que no se ven, me gusta hablar de personas que van por la vida como si no les pasara nada, que dicen "hola", "adiós" que suben, bajan, escaleras y tienen conversaciones poco interesantes mientras por dentro de ellas está explotando un volcán o saltando en pedazos su planeta entero. A lo peor tienes tú razón y unos diálogos sin fuerza lo estropean todo pero es mi rollo, a mí me gusta escribir así, al menos hasta el momento. En cualquier caso, me apunto todo lo que dices y lo tengo en cuenta porque eso que dices de que se pueda perder interés me asusta bastante, porque lo ultimo que quiero es que se pierda interés. Pero de nuevo, muchísimas gracias por dejarme saber tu opinión que valoro y apunto y tendré en cuenta. ¡Saludos, kolibri!

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