El desfile de los elefantes rojos

 

El desfile de los elefantes rojos

Hay un hada en el cuarto de atrás demasiado rellenita de trapos para volar con elegancia. El hada está peleando ahora contra una niña chica de dos años y medio. La niña quiere arrancar de la mano del hada la varita mágica.
 
Por lo general, la niña chica pasa las tardes al otro extremo del cuarto; bailando y charlando frente al espejo del ropero con la niña del otro lado del espejo. Sin embargo hoy las dos niñas se han pegado. La niña chica ha dado la espalda a la del ropero y con la mano aún dolorida ha querido tocar el blanco mullido de las alas del hada. Ha corrido hasta el butacón marrón donde el hada se sienta siempre arrugando contra el respaldo las alas.
 
Que la varita mágica haya deslumbrado a la niña chica ha sido culpa de la bombilla del techo.
 
La bombilla blanca y panzuda cuelga del techo cubierta por una carpa azul con elefantes rojos. Cuando la bombilla gruñe, la luz del color de las naranjas parpadea, los elefantes rojos parecen desfilar unidos por las colas y las trompas, y la niña chica aplaude encantada el espectáculo...
 
La bombilla panzuda sólo gruñe algunas tardes.
 
Algunas tardes ocurre que la abuela de la niña chica no se pone los zapatos y se deja los pies en las zapatillas de volantes y lunares. Esas tardes hasta las paredes saben que lo más que hará la abuela es pasear el reuma por la casa de un extremo hasta el otro del pasillo. Como el pasillo es estrecho y muy corto, y como a la abuela de la niña chica esas tardes se le caen las lágrimas, los mocos y el cinturón de la bata, todo se mancha de un olor gris.
 
Esas tardes, cuando la abuela de la niña chica se deja los pies en las zapatillas de volantes y lunares y hasta las paredes saben lo mal que salen de un pasillo estrecho las manchas con olor a gris, esas tardes las paredes tiemblan. La bombilla blanca y panzuda se nota entonces extrañamente suelta en la rosca de la lámpara, y gruñe en el cuarto de atrás.
 
Algunas tardes ocurre que un desconocido blanco y negro, con botos camperos, con una barbilla, una nariz, unas orejas, unas cejas iguales en todo a las de la niña chica y con un sombrero cordobés, se pone a observar todo a lomos de un caballo desde el interior de un portarretratos. El portarretratos está esquinado con gracia sobre un estante del armario. Al armario esas tardes el estante le pesa mucho más.
 
Esas tardes, cuando el desconocido blanco y negro con botos camperos y sombrero cordobés observa todo y el estante pesa más, esas tardes el armario se mueve resentido. La bombilla blanca y panzuda se nota entonces extrañamente suelta en la rosca de la lámpara y gruñe en el cuarto de atrás.
 
Cuando la bombilla gruñe, la luz parpadea, los elefantes rojos parecen desfilar unidos por las colas y las trompas, y la niña chica aplaude encantada el espectáculo sin notar el olor a gris del pasillo ni el resentimiento del armario.
 
Esta tarde la bombilla blanca y panzuda ha gruñido.
 
Pero esta tarde, mientras la bombilla gruñía, la luz parpadeaba, los elefantes rojos parecían desfilar unidos por las colas y las trompas, la niña chica de espaldas al espectáculo quería tocar con la mano dolorida el blanco mullido de las alas del hada. El parpadeo de la luz ha hecho saltar chispas doradas de la varita mágica.
 
Que la varita mágica haya deslumbrado a la niña chica es culpa de la bombilla del techo.
 
Las chispas doradas se le han metido a la niña chica por los ojos; y su deseo de tocar las alas mullidas del hada se le ha convertido en otro deseo algo más arrebatador: arrancar de la mano del hada la varita mágica.
 
El hada rellenita de trapos pelea contra la niña chica de dos años y medio. De un soplido certero el hada se aparta de la cara una hebra marrón de lana que se le ha soltado del flequillo. Contempla a la niña chica. En los ojos grandes y verdes tiene la niña chica una mota estrellada. Los picos de la estrella le pinchan y la niña chica se frota los ojos. Antes de que la niña la empape de lágrimas el hada se rinde y le concede el deseo. La mano del hada suena al rasgarse. La niña chica agita triunfante la varita.
 
La varita mágica es pequeña, rellenita de trapos, con la estrella dorada sobre un bastón blanco algo sucio. La varita mágica planea por el aire de la mano de la niña chica. Al tocar la luz la varita arroja al suelo otra estrella negra sobre otro bastón negro. La varita negra repta por el suelo del cuarto de atrás. Salta al sillón verde. Se desliza por el estante del armario. Cruza por los ojos del hada. Recorre la pared, y empieza a hincharse entre los muñecos. Inflamada se desliza sobre el yoyó rojo y los coches de plástico. Se infla un poco más sobre la carioca enredada. La varita negra explota.

El ruido no ha sido más fuerte que un pequeño chasquido, pero la onda expansiva, negra como la varita, ha devorado el cuarto de atrás.
 
La niña chica observa la oscuridad buscando los restos de la habitación. Cuanto más abre los ojos más olas negras ve avanzando, retrocediendo y volviendo a avanzar. Mira hacia arriba, y es tarde para evitar la masa oscura que se derrumba sobre ella. La niña chica bracea hundida en la tiniebla hasta dar con un lado de la cama que no reconoce. Estruja la colcha con las manos, y deja caer la varita mágica. El calor de los ojos se le convierte en lágrimas. La niña chica las aplasta contra los carrillos para comprobar que no desaparecen como el cuarto de atrás, como el hada, como abuela, como mamá.
 
A lo mejor es que las varitas mágicas como los cuchillos y las tijeras no las deben usar los niños.
 
—¡Toma, toma, toma!
 
Se lo ha dicho al hada. Como si las palabras solas pudieran saltar al suelo, encontrar la varita mágica y devolvérsela al hada.
 
—No te asustes; que no pasa nada.
 
La niña chica ha escuchado la voz de su abuela, y remira la oscuridad para encontrarla.
 
Cansada de mirar a lo negro se sienta en el suelo. Estruja el volante de la colcha. De lo negro la niña chica no se sabe salir. En el colegio le han explicado qué hay que hacer para cruzar una calle, qué hay que hacer para comer con cubiertos, qué hay que hacer para dibujar casas, gelatina de fresa y rayitos de sol, pero nadie le ha dicho por dónde salir de lo negro.
 
Un trapecio de luz entra en el cuarto de atrás. La niña chica piensa que ha entrado un triángulo de luz, porque de formas geométricas le han explicado poco.
 
La abuela de la niña chica entra en el cuarto tras el trapecio de luz. La niña chica piensa que la silueta oscura de su abuela es grande como el lobo Feroz, como la bruja Pirula, como el Coco que viene, como el Ogro del bosque, porque de los cuentos la niña chica ha aprendido mucho...
 
—No te asustes, bonita.
 
La niña chica reconoce a su abuela. Se levanta del suelo y corre hacia ella.
 
Apretando en la mano un extremo de la bata de abuela, la niña chica se siente mejor.
 
El trapecio de luz, sobre el estante del armario, dibuja una boca de ballena en la esquina del techo. La niña chica contempla los dientes luminosos. Comprende que una ballena se ha tragado a su abuela, a ella, a la luz, y al cuarto de atrás. La niña chica corre hacia el ropero. La niña del otro lado del espejo le tiende la mano con la cara oscura y el pelo negro. La niña chica le da la espalda. Los muñecos, los coches de plástico, el sillón verde se han vuelto oscuros, y el yoyo negro. Y el hada también.
 
—Sólo hay que cambiar la bombilla del techo. ¿Ves? No pasa nada.
 
La luz nueva tiene el color de las naranjas pochas. Pero vale para encontrar varitas mágicas. La niña recoge la varita mágica del suelo, y corre esperanzada hasta el hada.
 
—Toma, toma, toma
 
El hada rellenita de trapos, aunque se esfuerza, no puede ya sostener la varita.
 
La abuela de la niña chica sale de la habitación con la bombilla blanca y panzuda en las manos.
 
La niña mira con disgusto la luz color de las naranjas pochas, y se acurruca junto al butacón marrón donde el hada se sienta siempre arrugando contra el respaldo las alas.
 
©Laura Mª Rivas Arranz
Todos los derechos reservados
Imagen: Clarita (morguefile.com)

rompe titulo pasos3
“Rompecabezas”(novela), :disponible en descarga gratuita en la web de la editorial Literanda:
http://www.literanda.com/librerias/autor/narrativa-contemporanea/rivas-laura/165-rompecabezas
Y próximamente “Pasos en la escalera” (novela)

Comentarios

  1. Has creado un mundo en ese cuarto de atrás. Es curioso cómo interpretamos las cosas a tan corta edad. Cualquier detalle nos parece mágico y cualquier pequeño e inesperado cambio nos descoloca y nos aterroriza. Pena que aprender a salir de la oscuridad no sea asignatura obligatoria en los colegios (es siempre asignatura pendiente de la vida). Sabia nuestra niña.
    La parte de la abuela, las zapatillas y el olor a gris me ha gustado especialmente.
    Besos!!

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    Respuestas
    1. El Pájaro verde, muchísimas gracias por leer y por dejarme aquí tu opinión. Y tanto que salir de la oscuridad es asignatura pendiente de la vida.

      "Cualquier detalle nos parece mágico y cualquier pequeño e inesperado cambio nos descoloca y nos aterroriza". Justo eso. La verdad es que todo este cuento surgió un poco también de mirar a mi sobri (que se me cae la baba :D :D) y sus reacciones y de la relación flipante que tuvo un tiempo de muy peque con su reflejo en los espejos.

      ¡¡Gracias otra vez por tomarte el tiempo de leer y de comentar!! Un besazo :)

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