Vida embrujada

 

 
Antes de que la vida se me embrujara a mí me gustaban las tormentas.
 
Tras el cristal del balcón, rebuscaba entre tejados y antenas de televisión jirones de cielo por si allí la electricidad culebreaba. El relámpago llenaba la oscuridad de luz plata y yo calculaba cuántos segundos faltaban para escuchar el trueno.
 
Los mayores daban la espalda al espectáculo. Con el cuerpo lleno de susto Nana recorría la casa desconectando enchufes, y la abuela —ya entonces muy mayor— se encomendaba en voz alta a “santa Bárbara bendita, / que en el cielo estás escrita / con papel y agua bendita / en el ara de la cruz, / líbranos de todo mal / amén Jesús”…
 
¿Qué temían ellas entonces?
 
¿Y qué es lo que estoy temiendo yo ahora?
 
Ahora que culebrillas eléctricas rasgan las nubes negras; que los relámpagos brotan de lo más oscuro de esta noche; ahora que al explotar los truenos se me rompe la calma…
 
Quizá asusta que nos mate la tormenta. Da miedo morir.
 
O quizá da miedo esta casa…
 
Con su pararrayos, su toma de tierra, su pinta de lugar seguro. Pero con sus ruidos inexplicables, sus sombras predispuestas a fantasmas, y esa horrible locura que ha poseído el cerebro de Nana sin sanaciones ni exorcismos que lo salven…
 
Oigo pasos en el corredor que se acercan. Me asusto porque no sé si serán los de Nana o los de otra persona clavada a Nana pero que ya no es Nana.

 —¿Qué pasa?
 
Me lo pregunta atemorizada.
 
—No es nada, Nana. Hay tormenta…
 
—¿Tormenta?
 
Me tranquilizo. Porque en este instante Nana es una niña que no sabe qué es la tormenta. Y con la niña puedo. La niña no me asusta.
 
Renuncio a hablar de temperaturas desiguales en el aire, de cargas eléctricas enfrentadas en las nubes, y le cuento a la niña lo que Nana me contaba cuando la niña era yo:
 
—Como ha hecho mucho calor, andan las nubes revueltas y armando ruido. Pero tú tranquila que no pasa nada.
 
Nana se queda con la última frase y se relaja.
 
La descubro mirando fijamente en la pared la sombra que hace el escritorio. Me apresuro a encender la otra lámpara del cuarto. Esta noche no voy a consentir que el fantasma de la abuela aproveche las sombras confusas de esta casa para aparecerse otra vez a Nana…
 
—¿Quién es esa señora?
 
—Mira, Nana, es la sombra del escritorio. Damos esta luz y ya no está, ¿ves? No hay nadie aquí. Te lo ha parecido, pero era la sombra del escritorio…
 
Explota un trueno encima de la casa. Nana y yo nos sobresaltamos.
 
—¿Quieres que leamos un poco, Nana?
 
Rebusco en la estantería algún libro de Dickens. Antes a Nana le gustaba mucho Dickens. Tiro de David Copperfield. Me siento junto a Nana y empiezo a leer en voz alta, como si Dickens pudiera salvarnos de la tormenta…
 
Nana me interrumpe:
 
—Yo es que me tengo que marchar. Tengo que irme a mi casa.
 
La explosión de otro trueno me quita la intención de aclararle que su casa es ésta. Nana quiere regresar a una casa, a un tiempo, que ya no le pertenece…
 
La miro en silencio. Ya no es la niña. Ahora es una adulta que quiere escapar, como si en algún lugar, ahí fuera, pudiera encontrar vivos a los muertos de la familia...
 
—Vamos a esperar a que pase la tormenta, Nana. Que si sales ahora te empapas. Llueve mucho y truena... Es mejor quedarnos aquí…
 
Nana me mira furiosa:
 
—No, no, yo me voy. Que me está esperando mi familia.
 
A la luz de un relámpago veo con claridad que los familiares vivos de Nana en este instante no le importamos. Ella sólo quiere de verdad a los muertos. Me da tanta rabia que me enfado mucho con Nana. A fin de cuentas los muertos de la familia no son los que están moviendo un dedo por ella.
 
Y encima la abuela se le aparece sólo para crearnos problemas… Déjanos en paz, abuela. ¿No ves que lo complicas todo?...
 
Estoy riñendo con mi abuela muerta. Yo también debo de estar medio demente…
 
Cierro el libro. Definitivamente Dickens no va a servirnos para espantar la locura.
 
Intento distraer a Nana y alejarla de la puerta de la calle.
 
—¡Que me quiero ir!
 
Me da un golpecito en el brazo, y me siento convertida en secuestradora. Nana tiene razón. La tengo secuestrada. No la dejo moverse donde ella quiere.
 
Me he convertido en la secuestradora de Nana, además me enfado con ella, además regaño a mi abuela muerta…; soy la malvada del cuento.
 
La onda expansiva de un trueno hace temblar las ventanas de toda la casa.
 
Nana se asusta y yo finjo que no.
 
—Un trueno, Nana. No es nada…
 
Consigo alejar a mi secuestrada de la puerta y sentarla donde yo quiero, en el sofá del cuarto junto al libro cerrado de Dickens...
 
Contra todo pronóstico Nana me llama por mi nombre. Nana vuelve a ser Nana. Me alegro tanto de verla…
 
Pequeñas bolas de granizo rebotan en el suelo del balcón y chocan contra los cristales. Y durante un momento parece que todo es normal. Que en las sombras de esta casa no se aparece la abuela, que yo nunca he secuestrado a Nana, que no soy la malvada del cuento.

Copiright: Laura Mª Rivas Arranz
Fotografía: lynette (morguefile.com)




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Comentarios

  1. Qué triste es perder la memoria y con ella parte de la esencia de esa persona. Cuánto sufrimiento. Qué difícil para las personas que la quieren y que conviven con ella. Cúanto dolor, cuánta impotencia.
    Me ha gustado mucho, mucho. Sé que me repito pero es que me gusta mucho cómo escribes.
    Besos!!

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    Respuestas
    1. Me alegra muchísimos que te haya gustado!! :)

      La pérdida de la memoria es muy triste y a veces da miedo. Pero también es verdad que todo es a momentos. Como dices en tu reseña de hoy hasta en los momentos tristes hay alegrías. No todo es negro. ¡Un besazo!

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  2. La abuela no se ha ido. También la abuela es Nana de pequeña, con su familia de entonces. Esa también es una parte de la abuela, aunque en esa Nana estamos nosotros excluidos.
    Precioso, Laura. Precioso.
    Besines,

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    Respuestas
    1. Gracias, Carmen!! Me alegra que te haya gustado. Me quedo con "también la abuela es Nana de pequeña" Besos!!

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