Desapariciones

 

DESAPARICIONES

Laura Mª Rivas Arranz



¿Que cuánto tardé en enamorarme de él? No lo sé. Media hora; tres cuartos…
 
¿Qué si me parece eso normal? Es que yo a estas alturas no sé ya lo que es normal.
 
Pero es que tú no lo viste apoyado en la barra de la cafetería, con ese abrigo gris que hace juego con angustias de sus ojos; y aquel continuo revolver el café con la cucharilla, como si del interior de la taza pudiera salir la respuesta correcta a los problemas del mundo…
 
Eran las once y diez de un sábado por la mañana. Me acuerdo porque la megafonía de la estación avisaba la salida del tren con destino a Lisboa…
 
¿Qué por qué estaba yo en la cafetería de la estación? Pues a lo mejor por lo mismo que ese tren, a punto de partir, no podía finalizar bien el viaje en ninguna otra estación que no fuera la de Lisboa.
 
Madre mía…, que por qué estaba yo en la cafetería de la estación… Menuda pregunta…
 
La mañana antes mi reproductor de video decidió morir para siempre. Me habían dicho que cerca de la estación había un taller que aún los reparaba. Cuando llegué, me encontré con el local vacío y un cartel medio roto que ponía “liquidación por cierre”…
 
¿Te reirás si te digo que me dieron ganas de llorar? Sí. Te ríes…
 
Pues que sepas que me dieron ganas de llorar. El aparato me pesaba; tenía frío; los zapatos de tacón me apretaban; y me acongojaban los montones de vídeos que tengo en casa y que no volveré a ver. Qué bobada, ¿verdad?… Pero es que el llanto es libre y sale cuando le da la gana sin atender a los motivos. Al menos mi llanto se las gasta así. No sé si eso te parecerá normal… Por la cara que pones creo que no… En fin, yo te cuento lo que pasó…; para eso estoy en tus manos.
 
Lo único que puedo decir es que con mi vídeo muerto en los brazos me fijé en que el sol centelleaba en el ventanal de la cafetería, y en que las mesas y la barra relucían tan doradas como mi cuarto infantil en los días de vacaciones.
 
¿Qué si no creo que es una comparación un poco forzada? Pues… a lo mejor sí…, no sé… Eso habría que pregúntaselo a los sabios y criticones, que yo sólo estoy sacando fuera lo que me duele por dentro…
 
Lo que quería decir es que la cafetería me pareció amable y muy confortable y tan sorprendentemente familiar, que no me lo pensé dos veces y empujé la puerta.
 
Me fijé en él enseguida. Creo que influyó algo el sol, que entraba a su espalda por el ventanal, coloreando la esquina que ocupaba en la barra.
 
Soy tímida y no me acerqué, ni aún a sabiendas que de aquella inacción me arrepentiría el resto de mi vida.
 
¿Qué te suena poco lógico y algo exagerado? Mira, yo me estoy limitando a contarte lo que pasó. Cómo lo interpretes tú estoy casi segura de que escapa a mi control. Y además que tampoco es lo más importante de mis intenciones. Sólo estoy sacando fuera lo que me duele por dentro. Tú interprétalo como quieras, que ya sabes que me fío mucho de tu criterio; por eso estoy aquí…
 
…¿Qué por qué estoy haciendo una pausa? Es que me da miedo que, cuando me ponga a contarlo, brille menos que cuando ocurrió… Eso a veces pasa…
 
Que me deje de brillos… Sí. Tienes razón.
 
Deposité el vídeo en una mesa vacía, y pedí un café con leche en la barra. A él no le miré porque no me atreví. Pero él sí se atrevió. Lo sé porque me sentí “soleada” por dentro. Tanta luminaria interior te digo yo que no es buena. Te cortocircuitas y se pierden conexiones con tu alrededor.
 
A lo mejor fue por eso que me llevé un susto descomunal cuando sucedió un estruendo a mi espalda.
 
Mi cuerpo dio una sacudida que se transmitió a la cucharilla, que de algún modo hizo palanca en la taza, y volcó mi café con leche sobre la barra. Pero de ese derramamiento fui consciente después. Antes, me di la vuelta y comprobé que mi video muerto yacía en el suelo, y que una señora angustiada se inclinaba a su lado para auxiliarlo.
 
“Se me ha enganchado en la correa del bolso”. Eso explicaba una y otra vez la señora angustiada.
 
Y me eché a llorar como un cocinero que pela cebollas: sin pena, sin consuelo y en silencio.
 
Me aplastaba lágrimas con el dorso de la mano al tiempo que confortaba a la señora angustiada: “No pasa nada”, “no se preocupe”, “el vídeo ya no funcionaba”.
 
La señora angustiada hizo el levantamiento de lo que quedaba del vídeo. Lo depositó en la mesa. “Lo siento”. Eso me dijo. Y lo repitió muchas veces.
 
En el suelo quedaron añicos de vídeo no identificados.
 
La señora angustiada se marchó por fin de la cafetería.
 
Yo me senté en la mesa.
 
No me acordé del café volcado hasta que él se puso delante de mí e interceptó mi mirada algo perdida en el ventanal luminoso.
 
“Yo sé algo de vídeos”.
 
Me lo dijo con una voz más joven que él, y dando por muerto mi vídeo con la mirada.
 
Le sonreí. Desvié la vista hacia la barra, y me disculpé con el camarero que aún limpiaba con un trapo restos de mi café.
 
“¿Puedo invitarte a otro café?”.
 
Le volví a sonreír.
 
Aquel día, él perdió el tren a Lisboa, y empezó lo nuestro.
 
Me acompañó al Punto Limpio más cercano (muy lejano) para desprenderme de los restos del vídeo. Fue el primero de nuestros largos paseos. Hemos caminado mucho juntos.
 
No voy a decir que todo entre nosotros haya sido perfecto desde entonces. Hemos tenido problemas. Bastantes. Pero para eso se inventó la elipsis, ¿no?
 
¿Que tú no sabes si la elipsis se inventó para eso, y que por qué no quiero hablar de los problemas? Pues porque lo importante, lo que hay que resaltar, lo que de verdad cuenta, es que nos hemos reído siempre mucho.
 
Hasta hace un mes…
 
Hace treinta días, treinta y cuatro en realidad, cuando el apagón, ¿te das cuenta de ese día? Subía yo medio a tientas por las escaleras de su casa. Había comprado la cena y recuerdo que el paquete me quemaba en las manos. Llamé al timbre varias veces, hasta que me di cuenta que el apagón también lo habría inutilizado y golpeé con los nudillos la puerta. Sentí que él me observaba por la mirilla. “Abre; que soy yo”. Se lo dije inquieta; a lo mejor porque la semioscuridad me ha dado siempre miedo…
 
“Ahí en la penumbra, no me parecías tú; por eso he tardado en abrirte”.
 
Me dijo eso…
 
Creo que fue por el pelo. Me lo había cortado casi un palmo esa misma mañana. Él se encogió de hombros cuando se lo dije, y a la luz de la linterna no le reconocí.
 
Cuando se movía, proyectaba una sombra extraña en las paredes, el techo y los muebles. Yo no sé si era el efecto de las velas y de la linterna que habíamos colocado en el centro de la mesa.
 
La calefacción tampoco funcionaba, pero eso no justifica que el rincón más frío de la casa fuera a su lado.
 
La luz volvió unas horas después, pero él no.
 
Desapareció.
 
Quiero decir que por fuera sigue pareciendo él. Camina como él, su voz sigue siendo más joven que él, su cara es la de él, pero las angustias de sus ojos son diferentes y los problemas del mundo los aparta siempre de su café.
 
¿Por qué apuntas eso?
 
Que te deje hacer tu trabajo… Vale. Perdona.
 
Desde la noche del apagón no he parado de buscarle. Lo he intentado todo. Hasta me lo he llevado de viaje en el tiempo por ver si era un problema de memoria. Y como no sé qué más hacer, he venido aquí. Quiero que lo encuentres. Que me digas dónde está y por qué se ha ido.
 
¿Qué si también quiero saber si va a volver? ¡Pues claro! En realidad eso es lo más importante de todo.
 
¿Por qué pones esa cara?
 
¿Que has visto más casos como el mío? Pues mira eso te lo voy a discutir. Habrás visto casos parecidos. Pero como el mío, como el mío no… Como el mío ya te digo yo que no… El destino o el azar o la suerte o la casualidad o lo que sea se ha tomado mucho trabajo con nosotros… Mi viejo reproductor murió a tiempo de que él y yo nos conociéramos. El dueño del taller de vídeos liquidó el negocio a tiempo de que él y yo nos conociéramos. La señora angustiada y su bolso atrapa-vídeos entraron en la cafetería a tiempo de que él y yo nos conociéramos. Mi taza volcó en la barra a tiempo de impedirle a él subir al tren y a mí olvidarle para siempre con el último sorbo de un café casi mágico de lo delicioso que está… ¿Cómo va a ser posible que, después de toda esa conjunción de variables, ahora él desaparezca?
 
¿Que la gente a veces sencillamente desaparece?… ¿Pero qué sentido tiene eso?
 
¿Que no todas las desapariciones tienen explicación y que hay que aceptarlo…? Pues perdona, no te lo tomes a mal, pero vaya una respuesta para ser especialista en desapariciones.
 
¿Que me lo dices precisamente porque sabes de lo que hablas? No sé. A mí todo esto me parece un poco de locos…
 
¿Que a lo mejor sí? ¿Por qué lo dices? ¿Crees que estoy loca?
 
…¿Que lo que tú crees es que debo dejar que él desaparezca?
 
Me aconsejas dejar que desaparezca…
 
…Tengo que dejar que desaparezca…
 
…Dejar que desaparezca
 
…Que desaparezca…
 
 
Copyright: Laura Mª Rivas Arranz
Todos los derechos reservados
Fotografía: pedrojperez (morguefile.com)


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Comentarios

  1. Respuestas
    1. ¡¡Mil gracias!! Con comentarios como éste se tiene ánimo para seguir escribiendo hasta el infinito!!! ¡Saludos!

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  2. Me gusta señalar las frases que me gustan o me llaman la atención cuando leo. De este cuento me llevo unas cuantas. Una de ellas es la de "el llanto es libre y sale cuando le da la gana", porque me he sentido muy identificada. Yo lo llamo llorar a destiempo o llanto acumulado, porque como tú escribes hay que "sacar fuera lo que duele por dentro". Supongo que el enamoramiento y desanamoramiento es un poco como el llanto, llega y se va cuando le da la gana.
    Me ha gustado mucho, Laura. Besos :D

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    1. ¡Muchísimas gracias! Me alegra que te haya gustado!!!! PUes yo también me voy a quedar con una frase tuya; "El enamoramiento y desenamoramiento es un poco como el llanto". El pájaro verde, mil gracias!!! Otro beso para ti! :D

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