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Mostrando entradas de diciembre, 2013

Se saldan maldiciones

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He salido de casa para quitarme al aire el calor del radiador y el parpadeo del fluorescente. El cielo está atiborrado de pájaros. Hace sol.
Es tarde para evitar a una vieja que desde hace meses pide dinero en lengua desconocida y te escupe maldiciones cifradas si pasas de largo.
Apenas debe de llegarme por el hombro. Unos hilillos de pelo gris se escapan del pañuelo negro que le envuelve la cabeza. Despide un estribillo malsonante que no comprendo pero que me paraliza las piernas y no soy capaz de avanzar. La espero acobardada.

Un regalo para Herodes

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Cada año por esta época subo al desván. Busco a tientas el interruptor de la luz, y camino hasta la acumulación de cajas y cajones. Están apilados en torres irregulares de estabilidad incierta, así que debo moverme con precisión para evitar derrumbamientos innecesarios.
Respiro con profundidad, hago algún breve estiramiento previo, sostengo con firmeza la primera caja, y comienzo a descender con ella por la escalera. Despacio, aunque procurando mantener un ritmo constante.
De ese modo es como voy juntando en el comedor un buen montón de navidad encajonada.
Siempre hay algo que no consigo sacar del desván. Y no siempre es lo mismo. Depende de la geografía caprichosa que hayan adquirido las cajas al guardarlas el año anterior.
Si alguna ha quedado cubierta o semienterrada o sitiada por otras que prefiero no tocar, renuncio a su contenido navideño y la doy ese año por perdida.
A veces, los de fuera, en su vuelta a casa por Navidad, echan de menos algún adorno, alguna figura del belén. Y e…