Abismos



ABISMOS

© Laura Mª Rivas Arranz

Fotografía de portada: El beso. Gustave Klimt

Relato incluido en De ciudades y sombras. Núm. de inscripción en el Registro de la Propiedad intelectual: 00/2011/4560

Todos los derechos reservados
 

ABISMOS


—¿La ves?... Allí... La chica rubia con vaqueros grises y camiseta negra. La que acaba de entrar. Ésa que se para junto a la barra. ¿Ya la ves?... Mira, la que atraviesa el bar y se dirige a la mesa junto a la ventana.

—Que sí, pesado; que ya la veo.

—Ésa es Viki. Fíjate en el tipo que se revuelve en la silla; el que ha gruñido en reacción al saludo de Viki. Ése es Clemente. La voz de Viki ha sonado triste porque Viki no está contenta.

—A mí no me parece que el tal Clemente haya gruñido en absoluto. Ni tampoco creo que el saludo de tu compañera de piso haya sido triste. Más bien me ha parecido antipático.  

—Ya, bueno. Puedes interpretarlo como quieras; estás en tu derecho. Pero habla más bajo; a ver si nos van a oír... Viki y Clemente hasta hace unos meses eran novios.

—Suenas a periodista cotilla de programa telebasura.

—Vale, es verdad, estoy curioseando un poco en la vida ajena. Pero no es con mala intención. A mí me preocupa Viki. La bolsa que lleva está llena de cosas de Clemente que tenía regadas por casa. Va a devolvérselas. Hace dos meses Viki recibió en el móvil un mensaje de Clemente: “No quiero seguir contigo”. Yo creo que el mensaje no era del todo sincero, y que Clemente quería seguir con Viki. Pero sólo si Viki aceptaba sus condiciones.

—¿Qué condiciones?

—Es que no lo sé. Viki es muy reservada. Ella es más de metáforas; hecha un mar de lágrimas lo único que nos explicó fue que Clemente la había dejado sola al borde de un abismo profundo y negro. Que ella le había telefoneado varias veces para describirle la oscuridad honda que se estaba abriendo bajo sus pies, pero que él no había respondido al teléfono. Que se sintió caer, y apenas pudo sujetarse con una mano a algún saliente del precipicio. Que le mandó diecisiete S.O.S. al móvil reclamándole que le echara una mano. Al S.O.S. número dieciocho, Clemente se conmovió y acudió al rescate. La cogió de la mano. Enseguida ella se tranquilizó. Pero todo se complicó al ceder el saliente, y quedarse Viki colgando en las manos de Clemente. Por dos veces le pidió que no la dejara caer:

¡No me dejes caer! ¡No me dejes caer!

Clemente guardó silencio. Y cuando por fin respondió, lo que dijo fue que él no la dejaría caer si ella aceptaba sus condiciones…

Viki no sabe seguro si Clemente la soltó intencionadamente al negarse ella a cumplir sus condiciones, o si al revolverse ella indignada contra las condiciones de Clemente él ya no pudo aguantarla más. Mientras caía al vacío subterráneo y oscuro, Viki dijo que se sintió primero sobrecogida y después traicionada. Normal. Porque con la de despeñaderos que hay que ir sorteando a lo largo del tiempo, lo mínimo que puede pedirse a alguien que te quiere es que no te deje tirado al fondo de uno.

—Pues nada, tendré que irme sacando el carnet de espeleóloga...

—Tú tómatelo a broma. Pero explorar las profundidades es algo que antes o después nos toca a todos, y cuando te toque querrás ayuda. Y lo que más ayuda es que acudan al rescate las personas que quieres. Sin embargo puedo garantizarte que por el fondo de aquel precipicio el tipo éste, Clemente, no apareció. Los pedazos de Viki tras el golpe los recogimos como pudimos entre su hermanastra y yo. Y no fue fácil.

Semanas después de la caída, Clemente llamó a nuestra puerta. Abrí yo. Me pareció demasiado tieso, que apestaba a colonia y sin el menor rastro de culpa. Le cerré la puerta en las narices mientras averiguaba si Viki estaba o no dispuesta a verle.

Anunciar la llegada de Clemente tuvo sobre Viki el mismo efecto que la electricidad en las luces navideñas del árbol. La iluminación de su rostro fue durante un momento firme, pero luego se volvió intermitente. Algo nerviosa me riñó por haberle dejado en la puerta. Le hicimos pasar. Confieso que me quedé escuchando el comienzo de la conversación. Ya sé que no está bien…

—Pues no; no está bien. Menudo espía estás hecho... Más me vale apuntármelo para saber con quién estoy saliendo… Bueno, ¿qué oíste?

—Yo esperaba escuchar una disculpa de Clemente. Pero no. Abrió las compuertas del reproche y nos inundó la habitación de quejas. Por lo visto había sido Viki quien al caerse en la profundidad oscura del abismo había dejado solo a Clemente en la superficie. Yo me quedé paralizado al oírle, y Viki muda. Cuando la conversación derivó a las condiciones que imponía Clemente para reanudar la relación, yo decidí interrumpirles para anunciar a Viki que me marchaba a tomar aire fresco.

—¿Pero qué condiciones ponía Clemente?

—Ya te digo que me marché a tomar aire fresco y no me enteré. Cuando regresé, me encontré a Viki sentada en el sofá, inmóvil y con la mirada fija en la pared, sobre el calendario de pintores que me regalaste. Ni para devolverme el saludo dejó de contemplar la reproducción de El beso de Klimt, que era la que tocaba ese mes.

Yo le pregunté por Clemente, pero ella sólo me respondió que la mujer besada del cuadro está al borde de un precipicio y de rodillas…

Nos quedamos en silencio frente al calendario…

—¿En serio está de rodillas...? Es verdad, creo que está de rodillas. Pero, ¿hay un precipicio en ese cuadro? No me había fijado...

—Ya. Yo tampoco. Tú y yo nos fijamos en lo dorado, y Viki en la genuflexión y en la oscuridad del precipicio. Pero bueno, a lo que vamos. Viki, sin apartar la vista del cuadro y llorosa, se lamentó de que la vida estuviera toda llena de precipicios. Yo le dije que no exagerara. Pero ella insistió.

 —Y hoy aquí está Viki devolviéndole las cosas a Clemente. Y tú has querido venir aquí para ver cómo terminan.

—No te equivoques. Que tú y yo estamos aquí por casualidad. Mira, ya se va Viki... Ya se ha ido... Fíjate en Clemente. Impasible. Sin la menor intención de salir tras ella. Pues mira, me alegro porque es lo mejor para Viki.

—Olvídate de Clemente y mira allí, en la barra. ¿Qué tiene ese tío en la mano? O me estoy volviendo loca o el tipo lleva una pistola...

—¡Esto es un atraco! ¡Si se mantienen tranquilos no sucederá nada!

    —¿Qué ha sido eso? ¿Disparos? ¡Ay dios mío! Todo el mundo se ha metido debajo de las mesas. Venga, nosotros también. Qué miedo. Aquí abajo, hundidos, sin poder casi movernos ni ver lo que sucede, me mareo, me está entrando vértigo. Tenemos que salir de aquí...

     —Tranquila se irán enseguida, de verdad, ya verás.

—No se van. Que no se van. Están tardando mucho...

—¿Qué haces? ¿Te vas a escapar por esa ventana baja? Yo no puedo llegar hasta ahí sin ponerme de pie y sin que me vean...






Él siguió encogido bajo la mesa del bar, mirando cómo ella gateaba, se colaba por la ventana y desaparecía. Luego no fue capaz de apartar la vista de una servilleta de papel arrugada en el suelo, junto a él. Se dijo que no importaba que ella hubiera escapado dejándolo allí; que en los momentos de dificultad cada uno reacciona como puede; que seguro que ella había corrido a avisar a la policía para ayudarle; que aunque le hubiera dejado allí, eso no significaba que no le quisiera…


Pero no pudo evitar sentirse primero sobrecogido y después traicionado.

 
© Laura Mª Rivas Arranz
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Comentarios

  1. Segundo relato que te leo y segundo triunfo. El dicho del ojo y la viga ajena parece encajar la mar de bien por aquí, ¿verdad? Tienen mucha calidad tus escritos, Laura. Mucha.
    Un abrazo,

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    1. ¡Hola, Carmen! Me hace mucha ilusión lo que dices. Tu blog habla de una lectora profunda, por eso tu comentario me llena de ánimo y también ilusión. Muchas gracias por lo que dices, por pasarte por aquí a leer y por comentar. ¡Otro abrazo para ti!!

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  2. Pues es verdad que la vida está llena de precipicios y no siempres está ahí quien queremos para tendernos la mano. Al final va a ser mejor hacernos espeleólogos. Algo tienen tus relatos que enganchan, y siempre tienen una segunda lectura.
    Besos.

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    Respuestas
    1. El pájaro verde, a eso de hacernos espeleólogos yo también me apunto (pero me da que es difícil y que se tarda mucho en sacar el título...) Muchas gracias por leer el cuento y por dejar un comentario. Lo que has dicho me anima a seguir escribiendo ¡un besazo!

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