Nubes sobre la península



Fotografía de portada: anitapeppers  

© Laura Mª Rivas Arranz 
Num. de inscripción en el Registro de la Propiedad intelectual: 00/2011/1099
Todos los derechos reservados

Cuento finalista del V Certámen literario Ángel Ganivet 2011.  acta del jurado



NUBES SOBRE LA PENÍNSULA

No hay que aceptar las manchas de agua. Y menos si observas que tienen ojos y se ríen.

La nuestra se instaló hace no sé cuántos meses sobre la bañera. Cada vez que me dibujaba el lunar en el hoyo de un grano, el espejo me señalaba la mancha húmeda y yo iba viéndola crecer.

Debimos molestar a la vecina de arriba, escarbar entre sus tuberías e investigar el escape. Pero dejamos que un niño mofletudo de agua viviera sobre la bañera mirándonos con ojos grandes y sonrisa desconchada.

El primer diente se le cayó en la cabeza de mi madre un día que vino de visita.

—Tenéis que hacer algo con esa mancha del techo.

Los dos estuvimos de acuerdo en que se guardara sus opiniones sobre las humedades de nuestra casa.

Cuando cada mañana, él o yo, empezamos a encontrar sus dientecitos blancos en la bañera, decidimos afrontar la mancha.

El pintor vino un martes por la tarde, fuera del horario laboral por amistad con él. Yo le recordaba de haberle visto una tarde desde detrás de una cerveza. Aunque eran amigos le cobró un ojo de la cara.

Él le pagó con el ojo izquierdo, y yo supe que me echaría en cara durante meses haber perdido el ojo.


Una tarde cuando llegué a casa él me abrió la puerta, me cogió de la mano, y me llevó hasta el baño. Nuestro niño de agua había vuelto. Más crecido y con un reguero de pelo largo que resbalaba por la pared.

—Ya te dije que por aquí iba la bajante de la terraza. Debimos exigir una reunión y poner de una vez tuberías de polipropileno.
Se ajustó una repentina toga de autoridad en la materia, y agitó la borla del birrete delante de su cara para destacar lo tuerto que estaba su ojo.

Y empezó a molestarme su ojo hueco.

Mientras me hablaba, le miraba sólo el ojo derecho para evitar que me tocara y hundiera hasta el cuello en el boquete oscuro del izquierdo. Le contesté cada palabra por cuentagotas, para que le escocieran bien por el hueco del ojo.

Que aquella misma tarde después de las seis diera comienzo la estación de las lluvias tampoco nos benefició. El hombre del tiempo había advertido de la formación de nubes sobre la península, pero no nos dimos por aludidos.

Él empezó a mirarme con el ojo tuerto para dejar de verme, y yo me quejé en ruso para hacerle ver que su incomprensión me daba igual. Estrelló un portazo contra dos de mis palabras, y elevó el volumen a un documental de esquizofrenia para que la voz del narrador llegara hasta el suelo, reptara por debajo de la puerta, me alcanzara junto a la ventana, y me picara el tobillo. Caminé cojeando hasta el escritorio y me enclaustré en un libro de cuentos.

Una masa de silencio frío cubrió la habitación y se extendió por la casa. Tuve que echarme una manta pequeña por los hombros. Giré con brusquedad una página del libro para desleír los restos de masa silenciosa que la ventana abierta no había engullido del todo.

Debió de ser poco después cuando se enfriaron las nubes y empezó a llover.

Tuve que salir precipitadamente del libro cuando el escritorio comenzó a flotar. La ventana me escupió una ráfaga de agua.

—¡Nos hundimos!

Di la noticia vadeando la habitación. Alcancé la ventana y con un cenicero empecé a achicar agua.

Él vino caminando sobre el agua y completamente seco.

—Eres una histérica.

— ¡No sé nadar!

Los dos escuchamos al niño de agua lagrimeando sobre la bañera.

—Es culpa tuya. Todo es culpa tuya.

Le miré cansada:

—Tú nunca te mojas.

Sin contestar, caminó majestuoso sobre las aguas y salió de la habitación.

Yo seguí con el cenicero arrojando agua por la ventana, hasta que oí abrirse mi paraguas automático. Salí del cuarto y descolgué de la pared nuestro peldaño al óleo para no perder pie. El pato de peluche nadaba a lo largo del pasillo; el libro de microeconomía resbalaba de la estantería y se hundía hasta el fondo; el bocadillo de ternera y queso que habíamos comprado para cenar se ahogaba fuera del plato delante de la encimera.

Me dio miedo y me subí al peldaño en el lienzo sin enmarcar. Intenté remar con los brazos pero el cuadro no pudo con mi peso y salté. Hice pie con el tobillo hinchado y rastreé el fondo del pasillo para rescatar el óleo. A la puerta del baño él me observaba bajo mi paraguas de flores con la mirada seca.

—He traído el cuadro. Para que no se nos mojara.

Él me guiño el ojo tuerto y con el derecho declaró el cuadro zona catastrófica. Me sentí culpable y él me hizo un hueco bajo el paraguas.

Los lagrimones del niño mofletudo patinaban por el techo hasta el plafón y caían contra el paraguas.

—Voy a cortar la luz o nos electrocutaremos.

Me dio el paraguas y caminó de nuevo sobre las aguas.

Se hizo la oscuridad.

Escuché que él abría el cajón de las linternas y un punto de luz avanzó hacia el baño. Las pestañas le proyectaron rayos negros sobre la frente, el ojo hueco se rellenó de luz y la nariz le resplandeció incandescente.

—No te apuntes con la linterna.

Se lo dije chillando, temiendo no reconocerle. Le escuché reír.

—Qué miedosa eres.

—El miedo es libre.

Sentí una culebra enredándose en la mano y chillé. Él me enfocó con la linterna y un folio medio deshecho se separó de mí y huyó de la luz perdiéndose en la corriente del pasillo.

— ¿Estás bien? Sólo era una carta. No pasa nada.

Asentí fingiendo naturalidad, como si no importara que nuestra correspondencia estuviera disolviéndose en agua.

—Tengo un plan.

Lo afirmé dispuesta a salvar lo que quedara:

—Hay que llegar hasta el patio, levantar la tapa del desagüe y destupirlo con el palo de la escoba. Así se irá el agua.

—¿Quieres dejar de agobiarte tanto? Bastará poner un cubo bajo la gotera.

—¿Qué?

Y lo dije con el agua a la altura del pecho.

—De un momento a otro me ahogaré si no hacemos algo. Algo más que poner un cubo bajo una mancha de agua.

— ¿Pero qué estás diciendo? Yo nunca dejaré que te ahogues.

Depositó la linterna en la repisa junto a la maquinilla de afeitar, me pidió el paraguas, lo cerró y lo arrojó a la corriente del pasillo. Su cuerpo cubrió la luz estridente de la linterna, y durante un momento me dejé envolver por su sombra.

Cuando noté que el frió del agua me dolía en los hombros, me separé de él.

—Tú flotas y yo me voy al fondo, ¿es que no lo ves?

Y mientras hablaba le arrojé toda el agua que pude arrastrar con las manos hasta empaparle la toga y el birrete.

Miró incrédulo a nuestro alrededor:

— ¿Por qué inundas la casa? ¿Por qué haces esto?

Las dos preguntas hicieron blanco. La primera en mi brazo izquierdo y la segunda en mi pulmón derecho. Pero no estaba dispuesta a sangrar. Me las arranqué, imitando el gesto sufrido pero arrogante de vaquero de película que se extrae del cuerpo flechas de indio.

—Si no quieres venir conmigo iré yo sola. Pero ese desagüe del patio hay que destupirlo.

Me adentré a contracorriente en el pasillo.

Tuve que sujetarme al marco de una puerta para evitar su colección de libros de Cioran nadando a velocidad de proyectiles.
Avancé tragando agua prometiéndome a cada sorbo que iba a ser el último.

Pero me hundí. Bajo el agua me envolvió un banco de papeles de colores manuscritos. Quise pescar algunos antes que desaparecieran. Los pulmones me ardieron y vomité burbujas.

Sentí los brazos de él alrededor de la cintura. Me izó a la superficie. Arrojó el palo de la escoba como un arpón al fondo del pasillo y lo encajó entre la pared y las baldosas del suelo.

—Sujétate aquí.

Recogí del palo de la escoba un papel manuscrito de color azul y me lo guardé en el bolsillo.

—Hay que abandonar la casa.

Lo dijimos a la vez.

Yo hice de ahogada y él de socorrista que me remolcaba por el agua hasta la ventana. Miramos afuera. El escritorio flotaba patas arriba entre manuscritos y bocetos en papel mojado.

Saltamos por la ventana. Él me dejó embarcada sobre el escritorio y desapareció nadando en dirección al sol.

Le imaginé bronceándose a la sombra de su cuarto de soltero, en una playa de moda sin peligro de tsunamis.

Yo remé con el recogedor hasta la orilla de una península misteriosa. Del lado misterioso de las penínsulas te acaban echando siempre. Volví a casa dando un paseo.

La inundación había pintado alto y claro una raya por todo el perímetro.

—Estamos rodeados.

Lo dijo él con la voz contenida por las cuatro paredes de la cocina. No respondí.

Él arañaba con el escobón del patio el barro de la cocina. Durante un momento valoré coger el cepillo azul y ayudarle. A menudo lo pasábamos bien juntos. A cambio de eso quizá era aceptable exponerse a sufrir desbordamientos.

Pasé lista a mis libros abollados y cada vez menos firmes sobre la estantería. Recogí del suelo mi paraguas de flores con manchas. El retrato al óleo de peldaño de escalera necesitaba otra mano de pintura. De camino a la cocina comprobé en el baño que la mancha de agua seguía bien.

Aclimatarme al medio ambiente de la casa embarrada me desencadenó un ataque de tos nada aceptable. Supe que debía buscarme un lugar mejor para vivir.

© Laura Mª Rivas Arranz
Todos los derechos reservados






Cargando...



Cargando...



Cargando...



Comentarios

  1. La premisa del relato me parece muy interesante (hablo del cuento Nubes sobre la península), aunque es cierto que se desarrolla al inicio de una forma un tanto precipitada. Me parece que hubiese sido mejor empezar por situarnos la cotidianidad de la pareja al mismo tiempo que la mancha va ganando en protagonismo. Porque considero que necesitamos -los lectores- más profundidad en la pareja. Para terminar la faena, diré que el cuento, a mi juicio, adolece de cierta tensión narrativa. Reconozco tu valentía por exponerte al escrutinio de la manada. Buena suerte con tus historias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola T!

      Los inicios precipitados creo que son mi especialidad (en cuanto a fallos) estoy trabajando en ello. Me apunto lo de la tensión narrativa. Lo de la cotidianidad de la pareja, no sé, esa parte me pidió el cuerpo entregársela a la elipsis, a lo mejor fue un error...

      Muchas gracias por tomarte la molestia de dejarme tu opinión. Tomo nota de todo. Y ¿valentía? pues me da que no es mi principal característica. Más bien que estaba harta de tener los escritos encerrados en el cajón y los he sacado a que les dé un poco el aire o se los lleve por delante un tornado, lo que cuadre jeje

      ¡muchas gracias! :-)

      Eliminar

Publicar un comentario

En cuanto lea lo que has escrito te contesto. Tu comentario tardará un poquito en aparecer en el blog. ¡Muchas gracias por comentar!

Entradas populares de este blog

Valentina está decidida a matarse

Manual para una despedida

Noche de fantasmas