La mujer que robó los cabezales del vídeo

 

—Que me quiera…

Se lo imploro al retrovisor. Como si la maleta y el chubasquero, tirados de cualquier manera en el asiento de atrás, pudieran hacer por mí algo más que reflejarse en el espejo.

—La gente asmática termina con el corazón hecho polvo. Te lo digo yo. O te cuidas los pulmones, Mónica, o te acabarán haciendo trizas el corazón. Así que de una puta vez ponte esa bufanda, que luego dices que todos los catarros te los encuentras tú.

Obedezco a la aparición de Jorge, y me ajusto mejor la bufanda. La recomendación me la hacía cuando mi corazón y pulmones todavía le importaban. Jorge se esfuma del coche. Guardo mi inhalador. Puedo respirar. Que me falta el aire es lo grave. A la mierda Jorge.

El san Cristóbal magnético me mira torcido desde el salpicadero. Lo enderezo, y al otro lado del parabrisas Jorge sale del edificio. Tomo conciencia de lo cerca que estoy del portal de mi ex piso. Estará preocupado por mi y ha salido a buscarme…

El aire sopla entre su gabardina abierta bamboleando las manchas resistentes a la tintorería y a todo. Y la gabardina nueva muerta de risa en casa; calamidad de hombre. No tengo más remedio que sonreír. ¡Abracadabra; el mago de la gabardina manchada hará desaparecer la tos, el frío y el agua tan sólo tocándome con su mirada mágica! Pero el mago de la gabardina manchada camina por la acera sin molestarse en comprobar si mi coche continúa aparcado donde solía.


Se detiene junto al semáforo. La luz de una farola arroja al asfalto su silueta deforme y oscura. El maldito brujo va a largarse sin mirar atrás. La imagen del brujo se me nubla cubierta de lágrimas. Conecto el limpiaparabrisas. Venganza. Sólo tengo que apuntar al brujo y pisar a fondo el acelerador. Introduzco la llave en el contacto, tomo el volante con los pulgares hacia abajo: ¡Muerte, Muerte, Muerte!

El san Cristóbal se zafa de la fuerza magnética, se arroja en picado bajo la alfombra del coche y asoma sólo media cara. Piso el acelerador. El brujo desaparece bajo las ruedas librándome para siempre de sus encantamientos… Jorge alcanza sano y salvo el otro lado de la calle, y con el coche aparcado y el motor gruñendo agradezco mi falta de reflejos para matarle.

Solidaria rescato de la alfombra al San Cristóbal magnético; intuyo que debió de morir decapitado o cortado en pedazos. Con el corazón hecho trizas tampoco a mí debe de quedarme mucho tiempo de vida. Las astillas me irritan el pecho y tengo que toser. Debería salir del coche y buscar un lugar mejor para morir.

La llave de mi ex piso me duele en el costado. La extraigo del bolsillo, y me arrastra fuera del coche hasta el portal del edificio; hasta el ascensor; hasta la cerradura de la puerta; hasta mi ex casa: tras casi veintisiete horas me extraña que aún parezca que vivo allí.

La estantería del cuarto de estar se balancea a mi lado. Cuando voy a gritar para que no me aplaste me doy cuenta que soy yo quien se tambalea. Me apoyo para no caer, y Audrey Hepburn me sonríe alentadora sobre el estante desde su día rojo. Esa película es mía.

Defender mi derecho de propiedad me fortalece, y bastante recuperada camino hasta la cocina. Cojo un par de bolsas del súper. Seguramente las mismas en las que hace unos días acarreé un kilo de naranjas y otro medio de carne picada. Abro el frigorífico. El pastel de carne lo hice yo así que también es mío. Vacío la fuente en la basura. Si quiere comer algo que se fría un huevo. Cinco huevos. Los tiro uno a uno contra el cubo de la basura y los cinco cascan. Si quiere comer algo que se joda.

Dejo la nevera abierta y vuelvo junto a la estantería. Lleno de mis libros, películas y discos las dos bolsas. Desenchufo de la pared el vídeo y mientras lo desconecto de la toma del televisor hago como que no me acuerdo que él pagó los cabezales nuevos; el vídeo es mío.

Dejo mi ex llave sobre la mesa, y con el video en brazos y una bolsa de cada mano salgo al descansillo. Debo de haber estado haciendo algo de ruido porque la puerta de enfrente se abre y mi ex vecino en persona y bata me mira reprobador:

—A estas horas la gente decente intenta dormir.

No le rebato nada. Me estoy llevando los cabezales nuevos de Jorge y le he dejado sin comida; no me siento lo bastante decente para replicar. Murmuro una disculpa y le digo adiós.

—Hasta nunca. A ver si puede ser.

El adverbio temporal no me deja ver el ascensor ni el portal ni la calle ni el coche hasta que llego a su lado. Nunca… Me deshago de todas mis cosas en el asiento de atrás, arranco y huyo del adverbio.

No sé cuánto hace que los edificios a los lados se han transformado en vacíos oscuros y en monstruos negros con pinta de árboles. No tengo la menor idea de dónde estoy.

Detengo el coche para enfrentarme a otro ataque de tos; lo amenazo blandiendo el Ventolín pero no se acobarda.

—¿Le ocurre algo, señorita?

Un guardia civil surgido de entre la tiniebla por no sé dónde aporrea la ventanilla de mi coche. Pongo cara de no haber fantaseado jamás con asesinar a Jorge; confío en que el haz de su linterna no detectará en el video los cabezales robados; y niego en silencio a su pregunta disimulando con convicción que tengo el corazón y los pulmones destrozados. Sería una verdadera lástima que se empeñara en enviarme a morir al hospital ahora que mis libros, discos y películas me parece que han vuelto más agradable el coche.

—¿Está usted perdida? Conduzca hacia la luz, ¿la ve?

Y aunque no la veo, dejo que el guardia civil se marche creyendo que me ha rescatado. Las inhalaciones de Ventolín deben de estar a punto de subírseme a la cabeza, y me sentiré enseguida muy capaz de surcar la tiniebla carretera adelante sin ahogarme. Es sólo cuestión de tiempo.  





Licencia Creative Commons Este obra de Laura Rivas Arranz está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.  
Ilustración: Mar Sáenz. Fuente: http://recursostic.educacion.es/bancoimagenes/web/

Comentarios

  1. Laura, leí La mujer que robó los cabezales del video.
    Ritmo, vértigo, imágenes nítidas, entrás en tema como un huracán.
    Creo que es muy bueno lo tuyo. Ya le entraré al resto. Creo que vale la pena.
    El mercado del libro hace agua y, en el agua, el papel se hunde.
    Si alguna vez se te da por ir armada a visitar a un editor, contá conmigo. Tengo un cuchillo mellado puesto al aire libre para que se oxide y agarre la peste del botulismo.

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  2. Hola Orlando! ¡Muchas gracias! Vale. Entonces te apunto en la lista de escritores dispuestos a coger las armas en defensa de la patria. Cuando empiece a reclutar te aviso:D Pero de momento guarda ese cuchillo infectado que suena a arma de destrucción masiva!!:D ¡Saludos!

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