Acoso escolar y las cosas de niños

En los últimos meses han saltado a los medios de comunicación algunas situaciones de acoso escolar.

Cuando esto ocurre es porque los implicados en el problema (los niños o sus padres) han decidido adoptar una postura extrema: niños que se suicidan para salir de la situación espantosa que viven, o padres que impotentes deciden desescolarizar al niño para cortar de raíz la situación.

Antes de llegar a estos extremos, han pasado muchas burlas, muchas bofetadas, muchas collejas, muchos tirones de pelos, muchas cantinelas insultantes, mucha soledad en el patio de recreo, mucha vergüenza y mucho miedo…


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Cuando saltan a la prensa estos casos extremos, en demasiadas ocasiones sorprenden, y alarman, las declaraciones que se hacen desde los centros escolares implicados.

Resulta que ninguno de los docentes se ha dado cuenta de que el niño o la niña vivía acosado. Y algunos representantes de centros escolares no dudan en reconocer que ha habido una pelea, pero le quitan importancia porque, ya se sabe, son cosas de niños y allí no hay acoso que valga.

Parece que a algunas personas les resulta complicado reconocer el acoso escolar.

Quien lo ha experimentado de pequeño no tiene la más mínima duda acerca de lo que es un acoso. A lo mejor el problema viene de esa hipocresía que nos gastamos los humanos a la hora de justificar nuestros comportamientos. Y a lo mejor el que de pequeño dio alguna bofetada, o tiró del pelo o se burló del niño gordo de la tercera fila, cuando ve un acoso lo clasifica como “cosas de niños” sin mayor importancia y no como lo que es: un acto tipificado en el código penal dentro de la categoría de las torturas.

Otra fenómeno que llama mucho la atención es que en el momento en que las agresiones de los alumnos cambian de destinatario y el agredido deja de ser un niño para ser un profesor, entonces sí, entonces los docentes se rasgan las vestiduras, dejan de hablar de “cosas de niños” y claman a los cuatro vientos que la agresión se considere atentado contra la autoridad…

¿Es el niño una víctima de segunda? Para ciertos docentes, parece que sí.

Da la impresión que mientras la violencia se mueva entre los pupitres y no salpique la tarima del profesor, toda va bien. Ya se sabe, cosas de niños…
 



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